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Archivo Arturo y Adolfo Reyes Escritores de Málaga por Mª José Reyes Sánchez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

martes, 5 de abril de 2022

HOMENAJE DE LOS ESCRITORES ARTURO Y ADOLFO REYES AL PUEBLO UCRANIANO. CUENTO: MEMORIAS DE UN SOLDADO. AUTOR ARTURO REYES.

 Desde que Putin ordenara la invasión de Ucrania y comenzara la guerra, llevo pensando como este blog familiar podría apoyar al pueblo ucraniano y contribuir con ellos en estos momentos tan difíciles.

Mi bisabuelo Arturo y mi abuelo Adolfo, creían en la solidaridad, en el hermanamiento de los pueblos hermanos, y en la necesidad de nutrirnos unos de otros, respecto a la cultura, el lenguaje, el arte, la gastronomía, las costumbres, etc

Hoy se sentirían desolados por la triste situación que Ucrania está viviendo.

El arsenal ruso desarrollado tecnológicamente en los últimos tiempos, con armas de destrucción masiva, utilizadas para exterminar al pueblo vecino, Ucrania, sitiando sus ciudades, bombardeándolas con misiles hipersónicos, obuses, bombas de gravedad, bombas de racimo, ..., y amenazando además con usar su armamento nuclear.

Y como consecuencia millones de refugiados, en su mayor parte mujeres y niños que han tenido que abandonar su país, intentado salvaguardar sus vidas, y dejando atrás sus familias, sus parejas, sus hogares, sus ciudades sumidas en el horror, la desolación, la muerte y la destrucción.

Queremos desde este humilde rincón homenajear al pueblo ucraniano que está demostrando su gran valentía y heroicidad ante Putin y sus secuaces, que no han demostrado ningún tipo de piedad hacia el país vecino. 

No queremos generalizar esta opinión sobre todos los ciudadanos rusos, pues muchos de ellos están en contra de esta guerra, y probablemente hayan sido engañados para llevarlos al frente de batalla.

Esperamos que esta pesadilla acabe pronto y que el mundo actúe en consecuencia y plante cara a este sanguinario dictador. No podemos dejar abandonados a este pueblo hermano, con el que nos une muchos lazos a pesar de las distancias.

Quiero hoy recordar y homenajear a dos mujeres que han formado parte de mi vida y de la de mi familia, de las que solo guardamos buenos recuerdos, Anna y Alicia, mujeres valientes y luchadoras, que dejaron Ucrania buscando una vida mejor en España, y que vivieron etapas muy difíciles hasta que se integraron aquí. Gracias a su fortaleza y buen hacer, supieron crearse un hueco en un país desconocido y en la actualidad residen entre nosotros y han podido reagrupar a sus familiares.




A pesar del transcurrir del tiempo, solo puedo seguir estándole agradecidas, y hoy quiero dedicarles este cuento que Arturo Reyes escribió en sus comienzos como escritor.

 

          MEMORIAS DE UN SOLDADO

A duras penas conseguí descifrar las pocas páginas que contenía aquel resto de un libro de memoria. Tal vez al hilvanar aquellos renglones, pude variar tal o cual oración, pero puedo asegurar que el fondo es el mismo.

Decían aquellas páginas lo que sigue:

23 Diciembre.

¡Qué noche, Dios mío, qué noche de angustias! he estado de descubierta por espacio de ocho horas; mi pobre compañero está en el hospital, medio muerto de frío. ¡Pobre muchacho! es un niño casi, su contextura es delicada, apenas empezó a caer la nieve en copos espesos matizando de blanco los zarzales y las torrenteras, comenzó a dar diente con diente, con titileo espantoso; se puso lívido y a los pocos minutos se dejó caer, preparándose a dormir sobre la nieve.

Como en un tiempo oí contar, que muchos de los soldados franceses que el Imperio arrojará a las estepas de Rusia, murieron helados en aquellas soledades, y que un sueño tenaz era precursor de la muerte, me dio miedo el de mi compañero y tras penosa brega conseguí que se incorporara. Yo tenía un poco de aguardiente que me regaló una patrona generosa en Villamancilla, le di un trago, mi hombre se reanimó, y traguito a traguito dio fin al contenido del frasco, pero no me arrepiento; si no lo hubiese hecho así, estaría el pobrete a estas horas tieso como un palmar en las chumberas del camino.

Yo que soy más robusto, he resistido mejor el relente de la sierra y la nevada; pero no obstante todavía no corre bien la sangre por mis venas y siento frío hasta en la médula de mis huesos.

Verdad que la noche ha sido de prueba, una de las más detestables de esta maldecida campaña.

Las doce serían cuando empezó a zumbar el viento, remedando en las cañadas gigantescos estertores de moribundo.

La campiña en un principio informe y negra, fue adquiriendo a poco ese matiz pálido de la nieve que da frío al alma y al cuerpo.

Como estas líneas las escribo para que tú la leas, Dolores de mi alma, pues aunque muera tengo encomendado que te las lleve cualquier compañero de los que sobrevivan y aquí las promesas son sagradas, voy a relatarte punto por punto todo lo que pensé en esta maldecida noche pasada.

Con el fusil terciado, hundido el rostro en los bordes cubiertos de escarcha de la manta burda, paseaba de acá para allá, venciendo con no poco trabajo la tensión de mis músculos que se negaban a sostenerme y con el oído alerta por temor a una sorpresa.

Sin embargo, en lo que menos pensaba era en los enemigos, ni en mi situación ni en lo frío de la noche.

Pensaba en ti y en mi hijo ¡pobre chiquitín! ya estará hecho un hombrecito – me decía, y recordaba con todos sus encantos, aquellas noches serenas en que ínterin tú rabiabas y pateabas por dormir al niño, yo te leía historias fantásticas de duendes y trovadores, que tanto te gusta oír, comentándolas con besos y miradas fervientes.

Pensaba así y sentía deseos de llorar; no me avergüenzo de decírtelo, aquí nadie se avergüenza de esto; llorar es cosa corriente, lo cual no impide que peleemos como desesperados; ayer vi al coronel de mi regimiento, leyendo una carta ¿y se le caía cada lagrimón! ¡y se le iba cada suspiro… no me atreví a mirarlo frente a frente, no le hubiera gustado ser sorprendido en sus debilidades de hombre de corazón.

Ahora son las ocho de la mañana, la situación no es mala, a las cinco fui relevado, se dio la orden de partir y se armó el barullo de siempre, gritos, toques de cornetas, relinchos, voces estridentes de mando, batir de tambores, carreras, vibraciones metálicas, en fin, lo que no te puedo explicar y emprendimos el camino a marcha forzada, pero a poco llegaron algunos exploradores a todo el galopar de sus caballos, se incorporaron al Estado mayor y dos segundos después, vibraban en el aire los agudos toques de los cornetines y nos deteníamos todos con automático concierto.

Nosotros interrogamos con los ojos a los sargentos, estos a los oficiales y aquellos a los jefes que se apiñaban en la vertiente de una colina.

Momentos después supimos lo que pasaba, los exploradores tropezaron con las descubiertas de una brigada francesa, los nuestros pudieron retroceder sin ser vistos y el General ordenó que nos encastilláramos en las alturas para caer sobre los enemigos, cuando estos penetraran en los desfiladeros.

Dentro de muy poco espero se arme el zafarrancho, te estoy escribiendo en la saliente roca, detrás de la que estamos parapetados un centenar de hombres, si no fuera porque pienso en ustedes me entusiasmaría la perspectiva.

¡Qué sierra más grandiosa, más agreste, más selvática! sobre nuestra cabeza amenaza desplomarse una roca, que ella sola bastaría para formar una montaña.

Las águilas y los cuervos baten sus alas delante de nosotros, y los valles, desde estas alturas, semejan cóncavos suaves en las hendiduras de los montes.

Tengo miedo, ¿a qué negártelo? siempre me estremezco en los preludios de la lucha, después no; cuando arrecia el combate no sé lo que me pasa, soy sincero, no me acuerdo de nada, parece que bañan vapores ardientes mi cerebro y siento tan solo anhelo de matar, de destruir todo lo que encuentro a mi paso; es una calentura horrible que reseca las fauces y abrasa la cabeza; en esos instantes no me aterra la muerte, no me conduelo de los que caen y solo me combate una cólera letal y rugiente, una especie de vértigo sangriento, el frenesí de la pelea, y cada vez que hundo mi bayoneta en las entrañas de un enemigo, siento un regocijo feroz, infinito, inexplicable, más propio de la bestia que del hombre.

Voy a tener que dejar de escribirte, ya se escucha ese rumor sordo y persistente que precede a un ejército.

Ya por tal o cual ribazo, se divisan a trechos haces apiñados de bayonetas e inconscientemente se aferran nuestras manos a los fusiles.

Cada vez que guardo estas memorias para entrar en combate, pienso que una bala puede poner término a ellas.

Adiós, Dolores mía, hasta luego o hasta… sí, hasta luego, Dios no puede permitir que yo muera, ¡qué sería de ustedes mañana, ea… fuera pensamientos lúgubres! Ahora coloco esta libreta sobre mi corazón y no hay miedo. Adiós…

Así terminaban aquellas páginas y en vano busqué algo más que leer en ellas; solo en un extremo vi una pequeña rotura en forma de circunferencia, con los bordes quemados y con algunas manchas de sangre renegridas por el tiempo.

                                                 Arturo Reyes

 BIBLIOGRAFÍA:

Libro: El Sargento Pelayo. Bocetos de una novela. Memorias de un soldado, pags.109 – 116. Madrid. Imprenta de Fortanert. Calle de la Libertad, núm. 29. 1888.

martes, 8 de marzo de 2022

APORTACIÓN DEL ESCRITOR ARTURO REYES EN EL DÍA DE LA MUJER. CUENTO: A PUNTA DE CAPOTE.

 Hoy publicamos “A punta de capote”, un cuento de mi bisabuelo, en el que el autor crea un cuadro de costumbres, donde nos sumerge en la vida cotidiana de la Málaga del siglo XIX, una época la que le tocó vivir,  en la que los hombres protagonizaban un papel principal frente a las mujeres que ostentaban un rol secundario, y por dicho motivo, el sexo femenino tuvo que crear estrategias, “lidiando a punta de capote” en la cotidianeidad para poder conseguir sus objetivos, muchas veces en contradicción con el sexo masculino.


Arturo, a pesar de ser hombre, nos conocía perfectamente, y muchas de sus obras reflejan el profundo machismo que existía en aquella época.


Este cuento llevaba mucho tiempo en borrador, esperando publicarse, y creo que hoy Día de la Mujer, es el momento que esperaba para ver la luz en el blog, aportando el escritor su granito de arena.


La sociedad española va cambiando lentamente, con pequeños pasos, que reafirman nuestra posición en la sociedad actual pero aún queda mucho por hacer ya que mientras no se introduzca en la educación de nuestros jóvenes, la educación en igualdad, la corresponsabilidad y otros pilares básicos, seguiremos hablando de términos tales como “techo de cristal, brecha de género, etc.”


Hoy queremos dedicar esta publicación a todas las mujeres del mundo, con especial mención a todas aquellas que no pueden gozar de libertad, a todas aquellas que se encuentran inmersas en procesos de guerra, a todas aquellas que trabajan en sus hogares y llevan el peso de sus familias sin obtener ningún reconocimiento a cambio.



También dedicárselo a todas las mujeres que trabajan y se esfuerzan por conseguir una sociedad más justa e igualitaria, a través de la defensa de los derechos del injustamente llamado “sexo débil”, y hoy en especial a mi compañera Lourdes Acosta, agente de igualdad de oportunidades del Ayuntamiento de Málaga, por ser un gran ejemplo en la lucha por los derechos de las mujeres, no escatimando perseverancia y empeño en su labor, fortaleciendo con su saber, cariño, empatía y otras cualidades el afianzamiento de los pilares del feminismo bien entendido.


Hoy también quiero felicitar a una gran amiga, Tania, porque en un día tan especial, celebra su cumpleaños, siendo también un modelo como mujer en todos los sentidos.


 Y sin querer extendernos más, a continuación, publicamos este cuento que deseamos os guste…


 

                 A PUNTA DE CAPOTE


 —Comadre, mú güenos días. 

—¡Josús, y cuánto güeno por aquí! ¿Qué méritos habré jecho yo la noche pasá pa tener este alegrón esta mañana?

 

—Pos no repique usté mucho, comadre, que entoavía va usté a concluir por ponerme en mitá de la del Rey.


—Eso no, asín viniera usté a darme un disgusto en vez de venir a traerme chocolate.

 

—A lo que yo vengo es a traerle á usté un colirio pa que vaya usté mejorando una miajita de los ojos.


—¡Pero qué empeño que tiée usté, comadre, en que yo ando mal de los ojos!...


 —Y tan mal como anda usté, comadre, pero por mí no deje usté su jacienda, que no tengo priesa ninguna.


—Pos mire usté, si usté me lo premite, voy á seguir planchando este camisón, porque, según parece, mi señor Don Cayetano tiée hoy que vestirse de gala pa dir a ver á algún diputao a Cortes.


—¿De gala, verdá? No es fijamente mal diputao el que tiée que ver ese caballero, otro diputao como el que tiée que ver el mío, porque el mío también hoy se ha vestío de tiros largos; como que me ha dao un sofoquín porque no tenía limpios los calcetines granate.


—¿Pero por qué ha de ser siempre tan mal pensá, comadre? ¿Por qué no ha de ser verdá que tengan que dir dambos a jacer esa visita que dicen?


—¡Que por qué no ha de poer ser verdá!—exclamó, incorporándose, como sacudida por un fleje de acero, Rosalía la Campechana.—Porque no lo es, porque yo esto que digo me lo sé a clavito pasao... ¡jaser una visita!... Como que dambos pendones tiéen quedir hoy a pendonear con dos archiduquesas que acaban de llegar de Sivilla, dos lañas más jarticas de roar que un mingo sobre un tapete.


—Pero, comadre, ¿por qué se ha de creer usté siempre lo que le dicen o lo que ensueña?


—No, comadre, que esto que le estoy diciendo yo a usté es el Evangelio; que esto me lo ha dicho a mí la Tapones, la sobrina de Antonia la de Pepillo el Trabuco.


—Pero usté no sabe que esa Tapones el día que no indispone un matrimonio bien avenío... aquella noche se le corta la digestión y no puée pegar los ojos.


—¿Pero qué interés diba a tener la Tapones en venirme a mi con un cuento?


—¿Y qué interés tiée en soltar baba los caracoles? ¡Vamos, comadre, déjese usté de tonterías!... Y sobre tó, supongamos que sea verdá eso que le han dicho á usté, vamos á ver: ¿que es lo que usté consigue con enterarse?


—¡Que qué consigo! Pos ya lo verá usté: darles un pregón a dambos y jacer que a dambos se les corte el cuerpo. ¿Que qué es lo que consigo? Desmoñarla a ella, si logro ponerle la mano encima...¡Que qué consigo!.. Si tendremos toas la sangre como usté, que lo que tiée usté no es sangre sino un medio de arvellana.


—Mire usté, comadre, yo tendré o no tendré la sangre de eso que usté dice; pero tenga usté la seguridá de que con ese genio que tiée usté, no se consigue naíta de los hombres, cuando los hombres son como lo son el de usté y el mío.


—¡Pero qué genio ni qué ocho cuartos, ni qué tiro que me peguen!... ¿Es que quiere usté que me entere yo de que hoy mi hombre se va con otra mujer de ¡viva y viva tu mare!, y yo me quée tan tranquila abanicándome á la sombra de la parra?


—¡Pero si yo no digo naíta de eso!... Si lo que yo digo es que con pillar catorce berrenchines no jace usté ná, y si está nublao, pos tan nublao, y si está azul, pos tan azul.


 —Pero vamos á ver, comadre: supóngase usté por un instante que sea verdá lo que me ha dicho a mí la Tapones.


—Güeno; supongámolo, y que yo ya me lo he suponío.

 

—¡Y me lo dice usted tan fresca, comadre!


—Pero ¿es que quiée usté que me tire al pozo?

 

—Y se queará usté tan fresca sabiendo, cuando el compadre se está poniendo de tiros largos, que si se pone de tiros largos es por dir en busca de otra señora.


—Fresca no me quedaría, pero tampoco me daría un síncope.


—Y gantes de que se fuera ¿qué haría usté?


—¿Yo? Procurar que no se fuera, pero no dándole ningún pregón, sino trabajando la partía como la debemos trabajar las mujeres: dándole coba jasta que se le cayera el barniz.


—Llorando y gimiendo ¿verdá?

—No, comadre, sin llorar ni gemir. Y si no, vamos á ver: ¿usté no dice que mi Paco tiée que dir con su Pepe de usté hoy de juerga con dos archiduquesas que han venío de Sivilla?


—Eso digo... Pero lo que es el mío, no vá, ¡qué ha ir el mío! Como que pa dir tendrá que dejarme a mi colgá, pero que colgá, de cualquier viga del techo.


—¡Y qué necesidá tiée usté de que hagan con usté esa perrería


—Pos quisiera yo que usté me explicara cómo se puée conseguir que no se vaya de juerga un hombre, sin armar una que sea más soná que la degollación de los inocentes.


—¡Pero si eso es la mar de fácil, comadre! ¿Quiere usté ver cómo mi Paco, sin que yo le pía que se quée, se quea sin dir a esa cita que usté dice?


—Eso tendría yo que verlo pa creerlo.


—Pos la cosa es la mar de sencilla. Mi Paco ha quedao en venir a vestirse y a almorzar a las doce en punto; asín es que si usté quiere, se quea usté aquí y me ve manejar el percal, á ver si consigo yo que usté aprenda arguna vez a llevarse a su hombre a punta de capote a donde á usté le dé la repotentísima gana.


—¡Pos ya lo creo que sí, que quiero ver esa faena tan maravillosa, comadre!


—Pero con la condición de que no hable usté una sola palabra de citas, ni de celeras, ni de ná, y de que á tó lo que yo diga, diga usté que sí catorce veces seguías.


—Desde luego que sí, comadre.


—Pues no hay más que hablar. ¡Ya verá usté cómo mi Paco no va hoy, ni solo ni con su compadre, a ver esas dos archiduquesas sivillanas!


—Si usté consigue eso, comadre, le regalo á usté el mejor de mis pañuelos.

 

                                      II


Cuando Paco el Garibaldino llegó a su casa no pudo evitar que reflejara su rostro su extrañeza al ver en ella a su comadre, y


—Vaya—pensó—ya esta pícara perra pachona se ha golío la cosa y ha venío á evitarlo soliviantando á mi Dolores.


Esta, que se había alisado el cabello y puesto un vestido azul que embellecía su figura y cuyo color contrastaba armónicamente con su pelo rubio y brillante, sus ojos grandes y azules y su tez nacarina, recibió a su marido con la sonrisa en los labios, y


—Ya empezaba yo a pensar que se te había parao la vida—le dijo, cogiendo el sombrero que aquél se acababa de quitar.


Y tras de colocarlo en el perchero, se dirigió de nuevo hacia Paco, diciéndole con acento alegre y sonoro, como el trinar de un pájaro:


—Ya tiées la ropa planchá... Asín es que cuando quieras te pones más pinturero que toíta España.


—No corre priesa: entoavía es mú trempano.


—¿Y por qué no almuerzas antes de ponerte de pontificá?


—Porque no tengo ganas de abrir la boca.


—¿Quieres que te haga antes un refresco?

 

—Pos, mira tú: no me caería eso mal del tó, porque estoy más achicharrao que el cisco.


—Ya se encargará de desacalorarle algún alma caritativa,—murmuró casi mentalmente Rosalía.


Dolores se apresuró á complacer a su marido, y momentos después sus manos pequeñas, limpias y sonrosadas, presentaron en reluciente vaso el refresco ofrecido al jacarandoso perchelero.


—¡Vaya si está superior,—dijo éste cuando hubo dado fin a la fresca limonada.


—¿Y por qué no te quitas la chaqueta y te echas un ratillo?... A bien que la comadre es de confianza.


— Hasta cierto punto—dijo él, mirando con expresión picaresca a su comadre.


Sonrió Paco y...


—¡No, no me echo, porque si cojo el sueño no va a haber aluego quien me despierte!


—Yo te llamaré, tonto, a la hora que tú me digas.


—No, no me echo.


—Como tú quieras—dijo Lola.


Y sentándose frente á su hombre, continuó, dirigiéndose a éste:


—¿A que no sabes tú quién ha estao aquí esta mañana?


—No sé.


—Pues mi prima Remedios, que vino á convidarme a dar un paseo.


—¿Y qué le dijiste?


—¿Y qué le iba á decir? 

 

Que yo soy una faluga  

que tiene su timonel

y que soy barquito a pique
cuando navego sin él.


Contempló el Garibaldino con expresión efusiva a su mujer, y

—¿Pa ónde se diba a dar ese paseo?

—Pos, según creo yo, por el Arroyo de los Ángeles.

—¿Y por qué no le has dicho que sí?

—Porque á ti no te diba a gustar, porque, según me dijo mi prima, también va a dir con ella Rosarito la Tulipana.

Se acordó Paco de que el que a la sazón era novio de la Tulipana había sido pretendiente de Dolores y miró a ésta como agradecido a su negativa, y dijo:


—Eso no le hace: aonde quiera que tú vayas, y sea con quien sea, van siempre bien los ojitos de mi cara.

—No, es que no era de mi gusto ir, y sobre tó, que si tú arremataras temprano y pudieras venir, y quisieras, te peiría yo que me llevaras a dar un paseo.

—Y si no voy a poder, mujer, si ya sabes tú que se trata de dir a ver á un amigo y al que ni yo ni mi compadre hemos visto desde hace una pila de años...

—¿Ha estao quizás en la Argentina?—le preguntó con acento sarcástico, no pudiendo contenerse, Rosalía.

Contempló Paco con aire inquieto a su comadre, y

—No, en la Argentina no, que yo sepa —le repuso con cándida expresión.—Pero sí ha estao muchísimo tiempo al frente de una tumba en el Puerto de Santa María.


—Güeno, pos no te preocupes por lo del paseo—dijo Dolores.

Y después, dirigiéndose a su comadre, añadió:

—Pos ya no me mande usté el mantón, comadre.

—Bueno—le repuso ésta, acordándose de lo que a Dolores había prometido.

—¿Pero es que le habías pedido el mantón a la comadre?

—Es que—dijo Lola sonriendo—había pensao una cosa; y era, aprovechando que tú estarías de tiros largos, pos había pensao que antes de dar el paseo fuésemos a la fotografía y nos hiciéramos juntos un retrato... Mira cómo yo quisiera que mos lo hiciéramos: yo, pongo por caso, sentá en una silla con el mantón de Manila de la comadre, terciao, y un puñao de claveles en el pecho y en la cabeza; el vestío de seda y la caena de oro; en fin, con toito lo del escaparate, y tocando la guitarra; y tú, de pié a la vera mía, con el sombrero echao hacia atrás y mirándome como cuando... ¡Vamos, ya sabes tú cómo yo digo!


—Vamos, comadre, que me parece a mí que voy a tener que dirme—exclamó levantándose y fingiéndose cómicamente indignada Rosalía.

—Vamos, comadre, no sea usté tan súpita—dijo riendo Paco—que no hay por qué soliviantarse.

Y después, dirigiéndose a su mujer, le preguntó:

—¿Y tú sabes los parneses que cuesta hacerse ese retrato, y que estoy más arriao que una vela?

—Es que yo no necesito parneses—le repuso sonriendo maliciosamente Dolores.

Y dirigiéndose hacia la cómoda sacó de uno de sus cajones una cajita, que agitó alegremente haciendo sonar su contenido.

—¡Ah, pícara!—exclamó Paco.—¿Con que esas tenemos? ¡Con que no se puée uno aquí dejar colgao en ninguna parte el chaleco!

—Y si no fuera por eso ¿con qué te diba yo haber mercao lo que te he mercao?

—¿Y qué ha sío lo que tú me has mercao? Que yo me entere..

—Pos una corbata azul superiorísima... Pero esa no la ves hasta mañana, que es tu día y cumpleaños de...

—¡Pos es verdá, que mañana es cumpleaños de nuestro casamiento! ¡Cinco, años!

—Pos mira tú lo que son las cosas: a mí me han pareció esos cinco años cinco días... ¿Pero qué estas haciendo?

—Pos ya lo ves, quitándome la chaqueta.

—¿Pero te vas á echar, por fin, un ratillo?

—Sí... Digo, si me lo permite la comadre.

—Por mí, como no sea más que eso...

—¿Y a qué hora te llamo si te queas dormío?—le preguntó Dolores a su marido, al par que lo acariciaba dulcemente en los ojos.

—Pos mira, yo estoy citao con el compadre a la una...

Pero...

—¿Pero qué?

—Que estoy pensando en que ese amigo bien podíamos visitarlo otro día, mañana, pongo por caso, y como la comadre verá dentro de un rato al compadre...

—¡No, mira, por mí no lo hagas. ¡Otro día que tú no tengas que hacer me llevarás de paseo y nos haremos el retrato... ¡Por más que hace hoy un día tan hermoso! Pero, en fin, antes son tus gustos que los míos.

—No, mira, yo ahora me echo un rato, y si cojo el sueño, tú tan y mientras te jaleas y a eso de las tres me llamas.


—Pero, mira, Paco, que si eso te contraría...

—No, mujer, no me contraría—dijo Paco.

Y después, dirigiéndose a su comadre, exclamó:

—Y usted, comadre, me hará usté el favor de disculparme con el compadre.

—¡Ya lo creo!—repúsole aquella poniendo una mirada de asombro en Dolores, que la miraba con expresión de triunfo y como diciéndole en el dulce y elocuente idioma de luz de sus grandes ojos azules:

 

—¡Lo vé usté, comadre, usté vé cómo a los hombres no hay más sino que saber manejarlos, y cómo esas archiduquesas sivillanas se quean hoy sin ver a Paco el Garibaldino!.

                              Arturo Reyes

BIBLIOGRAFÍA:

-      Cuento: “A punta de capote”. Autor: Arturo Reyes Aguilar. Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 1/8/1910, página 7.

lunes, 28 de febrero de 2022

HOMENAJE DE ARTURO REYES A LOS ANDALUCES. POESÍA: LAS CALLES DE ANDALUCÍA.

 Hoy desde estas páginas queremos dar voz a nuestra tierra, con una sugerente poesía que escribió mi bisabuelo Arturo, y que quiero dedicar a mi hijo Pedro, que se encuentra estudiando en Alicante, donde se ha integrado perfectamente, tanto por su forma de ser como por su carácter abierto y amistoso. A estas características personales, le sumamos el “ser andaluz”, un visado que le hace ser diferente y único en tierras levantinas, donde ha sido tan bien acogido. 

 El 28 de febrero, día de Andalucía, es una fecha muy especial para todos nosotros, una fiesta que debemos conmemorar, sintiéndonos muy felices y orgullosos de pertenecer a esta comunidad autónoma, tan especial en todos los aspectos.

 La perfecta ubicación de nuestra tierra, que nos hace ser puente entre África y Europa; nuestra forma de ser, abiertos y acogedores, que tanto gusta a quienes nos visitan; la gastronomía que nos diferencia, con platos humildes que inundan nuestros paladares de mil sabores; el gracejo andaluz que nos caracteriza, cargado de gracia, ironía, y con un vocabulario que nos hace ser únicos; nuestras fiestas, bailes y canciones, reconocidos allende los mares.

 Andalucía ha tenido la suerte de haber sido un lugar de encuentro y convivencia de muchas civilizaciones que han forjado un patrimonio cultural único. Los andaluces y andaluzas hemos luchado siempre por tener una identidad como pueblo y una autonomía plena.

 Ya en 1883 se firmó en Antequera la Constitución Federal Andaluza. Y en 1918, la Asamblea de Ronda aprobó la bandera y el escudo de Andalucía. En 1919, el Manifiesto Andalucista de Córdoba describe Andalucía como una realidad nacional. En la Segunda República se hizo un proyecto de Estatuto de Autonomía, pero la Guerra Civil impidió que fuera una realidad.

 En la transición política, el pueblo andaluz expresó su deseo de alcanzar la autonomía plena, como Cataluña, País Vasco, Navarra y Galicia.

 Hubo grandes manifestaciones públicas el 4 de diciembre de 1977 a favor de la autonomía, y los andaluces votamos el Estatuto en referéndum el 28 de febrero de 1980, el cual fue aprobado el 20 de octubre de 1981.

 Blas Infante es el padre de la patria andaluza y el parlamento de Andalucía se lo reconoció en un acto en abril de 1983.

 Deseamos que os guste esta poesía dedicada a nuestra tierra …



 LAS CALLES DE ANDALUCIA

 Calles de la tierra mía,

¡como viéndolas tan bellas

el corazón se extasía!

¡como olvidar sus querellas

hacen al que vive en ellas,

las calles de Andalucía!

 

Fulge el sol en los balcones,

más que balcones jardines,

en donde, en lindas prisiones,

canarios y colorines,

dan al viento sus canciones

entre rosas y jazmines.

 

De los balcones rivales,

las rejas, que al suelo tocan,

brillan, en tintas iguales,

y entre nardos y rosales,

al transeunte provocan,

labios que el ósculo invocan,

tan rojos como corales.

 

Rientes labios bermejos

que sus años juveniles

hacen que evoquen los viejos

y lloren viendo tan lejos

sus ya pasados abriles

y que aborrezcan, seniles,

las lunas de los espejos.

 

El pescadero la ingrata

vida por ganar, los sones

de sus pregones desata;

gritando: ¡La flor y la nata

de la mar; llevo dentones

y llevo los boquerones

branquitos como la prata!

 

- Llevo la flor de las flores,-

grita el florero, en la esquina-

el clavel de tos colores

y el nardo y la clavellina

y la rosa, la más fina,

y de más ricos olores.

 

Del sol a la luz ardiente,

ardiente luz meridiana,

brilla la calle riente,

cual fúlgida estofa indiana,

cual la alcatifa africana

de un Califa del Oriente.

 

¡Calles de la tierra mía!

¡como viéndolas tan bellas

el corazón se extasía!

¡como olvidar sus querellas

hacen al que vive en ellas,

las calles de Andalucía!

                          Arturo Reyes 


BIBLIOGRAFIA:

Romances andaluces. Autor: Arturo Reyes Aguilar. Poesía: Las calles de Andalucía; Págs.. 201-202. Impreso por Sucesores de Hernando, Calle del Arenal núm. 11. Madrid, 1912. Dibujo de E. Simonet.

Romances andaluces. Autor: Arturo Reyes Aguilar. Poesía: Las calles de Andalucía; Zambrana Hermanos Impresores. Málaga, 1912.

lunes, 24 de enero de 2022

HOMENAJE A D. PEDRO CANTALEJO. POESÍA "UNA HISTORIA VULGAR".

Quiero dedicar este relato poético a D. Pedro Cantalejo, un malagueño que nació en Casabermeja, y se crio en el barrio de la Trinidad. Trabajó desde muy joven en una fábrica de cervezas que D. Luis Franquelo y su esposa, abrieron en el Perchel, donde se producía la famosa cerveza Victoria, “malagueña y exquisita”.


D. Pedro se granjeó la amistad y la confianza de su jefe, quien me imagino que se sentiría muy satisfecho con su empleado, pues además de ser una excelente persona, era un trabajador inagotable, que se especializó en el trabajo con el acero, convirtiéndose en todo un experto.


D. Pedro era muy aficionado a la pintura, y tras su fallecimiento, dejó como legado a su familia, numerosos cuadros con temáticas muy variadas.

 

Su nuera, Toñi, una conocida bloguera culinaria malagueña, con la que me une una relación de amistad muy hermosa, quiso que una de las obras de su suegro, colgara de las paredes de nuestra casa, y nos regaló un precioso cuadro con un tema muy marinero, “muy paleño”, "como ella y mi marido", una obra que siempre nos acompañará, y para la cual he creído oportuno, dedicarle una poesía que escribió mi bisabuelo Arturo, y que fue publicada en su primer libro de poesías, Ráfagas, editada en 1898.

 

Quiero agradecerle a Toñi y a su marido, Pedro, el precioso regalo que nos hicieron, y que tanta ilusión nos hizo. Y como las promesas hay que cumplirlas aunque vengan con retraso, hoy queremos unir a dos personas que vivieron en épocas diferentes pero que probablemente se hubieran conocido en el barrio de la Trinidad, si hubieran sido coetáneos.

 

Y también quiero darle las gracias a Antonio Rubio, porque a él le pedí que me hiciera llegar el cuadro, y dicho y hecho, Y a pesar de las circunstancias, me lo entregó una bonita tarde del pasado mes de agosto.




 A todos ellos le dedicamos esta historia que aunque mi familiar le adjudicara el calificativo de “vulgar”, a mi modesto entender, es el relato de una historia sorprendente cargada de sentimientos y emociones.

 

 UNA HISTORIA VULGAR

 

                I


En un lecho de piedra

que el mar perenne baña,

aún se eleva una mísera cabaña

que empavesa la yedra

escalando sus muros grieteados

y cubriendo sus negras hendiduras

con sus verdes encajes, que agitados

por el viento parecen

fatídicos espectros que retuercen

contra el muro sus cuerpos enlutados.

 

Semejan los contornos un desierto;

todo parece yerto

en todo aquello que la vista alcanza;

no se ve ni una flor sobre la tierra

desde el mar a la sierra,

que levanta su mole en lontananza,

desgarrando el dosel del infinito

con su inmensa corona de granito.

 

A los pies de la choza el mar se agita,

ora ruge y palpita

levantando en montañas su oleaje,

ora entona sentidas barcarolas

y dibuja en sus playas con sus olas

randas divinas de armiñado encaje.

 

Allí la vida es triste y silenciosa,

todo duerme y reposa

en torno a la cabaña de mi cuento,

menos el pobre pescador anciano

que habita la cabaña, un veterano

de la playa, que aún gana su sustento

luchando con las olas, mano a mano.

 

En su frente cansada

grabó la ancianidad su augusto sello,

blanqueó su cabello

y llenó de nostalgia su mirada;

pero aún queda a su cuerpo enflaquecido

algo de lo que ha sido,

un resto de valor y de energía,

aún maneja los remos fácilmente,

aún tira de la red con valentía,

y con la pesca que recoge al día

se marcha alegremente

a venderla en el pueblo más vecino,

que dista de la choza gran tirada,

y termina el anciano su jornada

sin descansar jamás en el camino.

 

                  II

El ventero del pueblo que era un santo,

que siempre estaba al tanto

de la vida de todos, cierto día

en que le preguntara por el viejo,

frunciendo el entrecejo

me dijo con humilde cortesía.

¡El viejo de la choza!, ¡buen sujeto!

Si yo no fuera como soy discreto

y poco mal pensado,

le diría que imagino

que ese viejo marino

ha de ser un bandido disfrazado.

 

Entré en curiosidad y una mañana,

al despuntar el día,

salí con dirección a la lejana

choza del pescador, cosa que puso

con semblante mohíno al posadero,

que como santo al fin, el tal supuso

que pudiera robarme el viejo intruso

el reloj, las sortijas y el dinero.

 

En dos horas me puse en la cabaña,

llegué con ansia extraña

hasta el mismo dintel, sobre una roca

estaba el pobre pescador sentado

componiendo su red tranquilamente.

Se alzó al verme llegar, hasta su lado,

y con aire cortado

contestó a mi saludo humildemente.

 

Alegando cansancio, sobre el suelo

me senté, para darle compañía,

y a la hora el abuelo

conmigo compartía

de la pesca y la mar que bramadora

en las áridas calas embestía,

yo aprendí en aquel día

todo un curso de pesca en una hora.

 

              III

Tras dos semanas de amistoso trato

rompió su hondo recato,

y una mañana me contó su historia

reclinados los dos sobre la arena;

aún me parece que su voz resuena

como un seco estallido en mi memoria.

 

No sé dónde nací, me dijo el viejo,

solo recuerdo bien que a los diez años

era solo en el mundo y que vivía

del pescado del copo que caía

al salir de la mar sobre la playa,

a costa del furor de los patrones

que en muchas ocasiones

azotaron mi cuerpo con la tralla.

Vendía el pescado por cualquier cosa,

dormía en el verano

en la playa arenosa,

escuchando el rumor del océano

que entonaba su eterna cantinela,

y en el invierno tiritando y yerto,

buscaba un dormitorio más cubierto,

en las barcas varadas en la arena.

 

Así pasó mi infancia y llegué a hombre,

a esa edad en que el niño se agiganta

y en que afanoso la cerviz levanta

para ver su mañana tan soñado.

Yo vi un mundo de luz y en este mundo,

miré un surco profundo

de sombras tristes por doquier poblado.

 

Una vez al cruzar por un paseo,

miré a un viejo llorar amargamente,

estrechaba su mano fuertemente

la mano de un rapaz flacucho y feo.

Lloraba de dolor y de coraje

porque al ir a pedir una limosna

a un caballero de flamante traje,

con esa impertinencia

que engendra la vejez y la indigencia,

tanto llegó a cansarle con su duelo

que aquel le dio villano

un violento empujón al pobre anciano

que al rodar por el suelo,

contra las piedras se partió una mano.

 

Ardí en indignación y en rabia loca

y su conducta reproché iracundo,

con desprecio profundo

me miró él y al entreabrir la boca

un torrente de ultrajes brotó de ella.

No sé qué pasó en mí en aquel instante,

yo nunca me he sentido tan gigante

como la noche aquella

en que loco, o quijote, o justiciero

por vengarme y vengar al pobre anciano

puse mi ruda mano

en el rostro de aquel mal caballero.

 

Fui llevado a la cárcel, donde estuve

hasta cumplir la pena que en castigo

de mi horrible atentado

me impuso el noble juez, todo indignado,

porque aquel caballero era su amigo.

También hubo un testigo

que juró y perjuró, noble y sincero,

que yo herí por robar al caballero,

y aquel que tal jurara, fue el mendigo.

 

Desde allí fui a servir como soldado

y al salir del cuartel, ya licenciado,

llevaba como mi único tesoro,

un balazo ganado

luchando por mi patria allá en el moro.

 

Después volví a la playa, donde un día

viviera del pescado que caía

de la red, al salir sobre la playa.

Yo le juro, señor, que ni un momento

turbé el dulce contento

de los chicos del copo con mi tralla.

 

Era todo mi afán, vivir honrado,

ganar algún dinero

para comprar un bote, que velero

arrastrara la red con el pescado,

y feliz y tranquilo,

escoger en el gremio compañera,

que por siempre conmigo compartiera

la choza que soñaba como asilo.

 

        IV

Permita V., me dijo el solitario

pescador, con voz ruda,

que descanse un momento solamente,

pues ya llego al final de mi calvario;

y encendiendo su pipa lentamente

con aire triste y con cuidado sumo,

miró algunos segundos fijamente

perderse entre las tinieblas del ambiente

los mil espectros que fingiera el humo.

 

Así siguió su comenzada historia:

-Hay un mundo de gloria,

y un mundo de dolor y de fatiga

en esta etapa que a contarle voy;

le juro por quien soy

que será la verdad lo que le diga.

 

Conocí a una mujer en mala hora,

yo no sé si era hermosa, más lo cierto

es que yo la adoré, como se adora

la vida, si en la barca pescadora

nos coge el temporal, lejos del puerto.

 

La amé mucho, señor, la amé ferviente

y un día, enamorado y sonriente,

la llevé hasta el altar de la abadía,

¡qué instante más hermoso aquel instante

en que lleno de afán y delirante,

besé aquella mujer que ya era mía!

 

Algún tiempo pasó, y una mañana

en que salí a la mar, rugió tan fuerte

el rudo temporal, que fuera vana

empresa echar la red, y a la cercana

costa viramos, por mi triste suerte,

luchando con las ondas que a los cielos

lanzaban sus espumas,

casi perdidos en las blancas brumas

que esparcían doquier sus densos velos.

 

A la playa arribamos felizmente,

yo llegué hasta mi choza, estaba abierta,

y al empujar la puerta,

algo terrible me azotó la frente.

En brazos de mi hembra tan querida

miré a otro hombre a quien llamé mi amigo. 

 

Yo mismo les impuse su castigo,

fui alevoso y cruel, fui parricida,

porque con hondas sañas,

o bien loco o quijote o justiciero,

hundí mi fuerte acero,

sin pensar que lo hundía, en sus entrañas

 

Confesé mis delitos y mis jueces

más buenos que otras veces

me impusieron cadena por diez años.

No fui como en antaños,

me cansé de ser bueno, por fortuna,

y en verdad, le confieso,

que no hubo en el penal ningún exceso

en que yo no tomara parte alguna;

y fui tahúr y jugador y el día

que cumplí mi condena ya tenía

en mi cinto algún oro amontonado,

fortuna que jamás había logrado

cuando homenaje a la virtud rendía.

 

Compré ese pobre bote y estas redes,

y labré esta cabaña donde miro

deslizarse el final de mi existencia.

-No le grita, le dije, su conciencia?

Me miró tristemente, dio un suspiro

que pareció aliviarle de un gran peso,

y sin mostrar por mi pregunta enojos.

-Yo no sé lo que es eso

y soy feliz, me respondió el anciano,

secando con el dorso de su mano

el llanto que brotaba de sus ojos.

 

   ARTURO REYES

 

BIBLIOGRAFÍA:

- "Una historia vulgar". Libro Ráfagas. Poesías de Arturo

Reyes Aguilar. Málaga, Imprenta de Manuel Cerbán. Baños

de las Delicias. 1889. Pags. 57 – 70.

 

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