Licencia Creative Commons
Archivo Arturo y Adolfo Reyes Escritores de Málaga por Mª José Reyes Sánchez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

domingo, 12 de julio de 2020

CUENTO: CASA DE PRÉSTAMOS. AUTOR: ARTURO REYES

Arturo Reyes fue un escritor muy prolífico, y no solo se atrevió a escribir novelas sino también poesías, cuentos cortos y algunas obras de teatro. 

Fueron muy famosos sus cuentos cortos y muchos llegaron a publicarse en Argentina y otros países de Latinoamérica. Tienen la particularidad de ser pequeños libros de historia, recreados en Andalucía, en sus típicos barrios, en sus preciosos pueblos encalados, donde en tono de tragicomedia, se desenvuelven personajes genuinos, que nos muestran las formas de vida de aquella época, sus costumbres, sus ideas y pensamientos, en definitiva, las múltiples cualidades y defectos, que hacen al pueblo andaluz tener una idiosincrasia, que es nuestro mejor pasaporte, hecho por el que muchas personas desean viajar a Andalucía a conocernos.

El cuento de hoy, "Casa de préstamos" me parece muy especial pues aunque se publicó en 1905, sigue estando de plena actualidad, en estos momentos.

Espero que os guste y que disfrutéis con su lectura...


 


                     CASA DE PRÉSTAMOS.

-Mire usted- me dijo el prestamista sonriendo benévolamente-: en esta casa se admite todo, y a esto y a una poca de conciencia que tengo, se debe la prosperidad de mi casa. Aquí se da dinero por todo; aquí vienen todos los afligidos, y todos se van relativamente consolados; y puesto que dice usted que su visita es principalmente por estudiar la miseria del pueblo en este establecimiento, suelte usted el sombrero, siéntese en esa mesa como si fuese un nuevo empleado y así podrá usted presenciar las cien escaramuzas que tengo que librar a diario con mis enemigos, que sólo esgrimen, como armas, las lágrimas, el ruego, la astucia y a veces hasta la amenaza.

-¿Y no resulta usted nunca vencido?

-En un principio, sí, muchas, muchísimas veces, las primeras. Pero ya es muy difícil: en este negocio se puede ser algo tirano con la vanidad, pero no con el hambre; lo que deja de ganarse con ésta se gana con la otra... Pero póngase usted en su sitio, que ya diviso alguna guerrilla del ejército enemigo.

Y tomé posesión del puesto que me indicaba, y pronto vi atravesar la puerta de cristales una vieja rugosa, plegada y carcomida, con el vestido sucio, chancleteando torpemente y con un envoltorio en el delantal.

-Dios le bendiga a osté, señó don José. ¿Cómo está osté de salú? ¿Y el ama? ¿Y la señorita Rosario?... ¡Qué requetebonita que está la señorita Rosario!... ¡Cuánto rocío que le ha puesto Dios en la cara!

-¿Y qué traes hoy por aquí? - contéstale don José, tecleando sobre el mostrador como sobre un piano.

-¡Qué quiée usté que me traiga! Lo e siempre; esto no es viví, señó don José; esto no es vivir. ¡Qué malito que está to! Como que si no juera por usté, tendríamos ya tos polillas jasta en el cielo de la boca. Supóngase usté: mi hijo, parao, como usté sabe mu bien, dende jace un montón de meses; mi nuera, pa caer en la cama, con la barriga en la boca; sus chavales, si no se mueren de frío es poique tiéen concha como los galápagos... En fin, un dolor, señó don José, pero que un dolor... Como que entrar en aquella casa es salir aluego con er corazón partío.

-Válgame Dios, mujer, válgame Dios. Y qué, ¿qué es lo que hoy traes por aquí?

-Pos lo único que me quea. Míe usté: esta tumbaga, que como valor no tiée valor ninguno, pero como virtú vale un millón... Mírela usté bien... ¿Usté ve esto que tiée en la rosa?... Pos eso es una cosa bendecía, y to el que se pone esta tumbaga y es calvo, le crece el pelo... No se ría usté, señó don José, por la salú de tos sus difuntos que es verdá. Y si no, ¿se acuerda osté de Mariquita la Pelona?... Pus por qué si no por causa de esta tumbaga tiée hoy un pelo que le arrastra? Y Pepa..., ya sabe usté, Pepa, la hija del Betunero, aquella que tenía er casco como si le hubieran dao barniz de muñequilla...

-Vamos, mujer. Bueno, ¿qué más traes?

-Pos traigo estas dos cucharas.

-Pero mujer, ¿no ves qué malitas están?

-¿Cómo quiée osté que estén las probes, si jace una eterniá que no catan alimentos...? ¡Ah!, y esta camisa... ¡Quién le diba a dicir a esta camisa!... Supóngase usté que er peto de encajes sólo me costó tres pesetas... Como que fue la que me puse la noche de novia... ¡Ay, si esta camisa hablara!

-No, mujer, no, que no hable... Con qué, vamos a ver. ¿Y cuánto es lo que necesitas?

-Yo necesitar..., er Perú... Pero como yo no le voy a peír a osté lo que necesito ni lo que valen estas cosas tan siquiera, pos con que me dé osté pa ponerle hoy er puchero a esos esgraciaos, tan agraecía.

-Pero ¿cuánto necesitas para el puchero?

-Pos mire usté: dos perras gordas de guifa, una perrilla de añejo, otra de garbanzos y una gorda de arroz, son cuatro gordas, y otras cuatro pa un pan... Míe osté, señó don José, con que me dé osté una peseta..., tan agraecía.

-Pero mujer, ¿cómo te voy a dar una peseta, si todo lo que me traes no vale una siguirilla gitana?

-Que no vale; pos si no más que la tumbaga...

-No, si la tumbaga te la vas a llevar otra vez; si lo que quedan son las cucharas, que de malitas que están parecen tenedores, y la camisa está buena para cazar lúganos o chamarices.

-Pero señó don José, por los clavos e Cristo, que una peseta no es más que una peseta, y que mi hijo está parao dende jace un montón de meses, como sabe osté mu bien, y mi nuera con la barriga en la boca.

-¿Y quién le manda a tu nuera...?

-Pos qué quiée osté, ¿que se ajilen? Cudiao con el hombre..., cudiao con las cosas que se le ocurren a esta criatura; como que es que está sembrao.

-Toma, toma la peseta, mujer, tómala y vete.

-Si no le doy la peseta, estoy sembrando hasta la tarde - decíame momentos después el prestamista-. Con esta gente no hay más remedio que transigir. Pero ya tenemos un nuevo moro en campaña.

-¡Es verdad!- murmuré al ver penetrar en el establecimiento un hombre de unos cuarenta años, flaco, renegrido, ligeramente encorvado, vestido a la más elegante usanza del barrio, con el sombrero sobre la frente, las manos en los bolsillos de la chaqueta y el aspecto de persona ensombrecida y amargada por la vida.

-Güenos días, señó don José- dijo con voz ronca el desconocido, tocándose ligeramente el ala del sombrero.

-Buenos días, Joseíto - repúsole aquél con voz afable.

-¿Güenos? ¡No son malos, camará!... Como que hoy es uno de esos días en que por un chusco me comería yo las entrañas de Judas Iscariote.

-¿Pues qué es lo que te pasa a ti hoy?

-Pos cuasi na... Que al gobernaor jace unos días le dió el desayuno por asesinar a los probes, y le dijo al jefe de Policía que ni el nuncio jugaba aquí como no fuese a la gallina ciega y al zurro que te vi, y ya tiée usté un montón de padres de familia quitándose el órcido de las glándulas a guantazos. Como que las cosas están ca vez más peores y ca vez lo jacen peor los que gobiernan, y aluego chillan... Pos supóngase usté que yo desesperao pierdo la chaveta y que me meto a revolucionario, y que jago la revolución y acabo con la monarquía... Pos na, si jiciera eso, aluego dirían tos que si patatín..., que si patatán.

-Tienes muchísima razón- le dijo don José, tornando a redoblar distraídamente con los dedos sobre el mostrador.

-¡Vaya si tengo razón! Y a propósito de razón, déme usté un cigarro.

-Toma, hombre.

-¿Tiée usté un misto?... Si usté no sabe cómo estoy yo hoy... Como que anoche nos acostamos tos los e la familia a pistolete por barba, y hoy..., hoy ya desesperao empecé jasta a desconchar las paeres por si encontraba qué traerle a osté. Y qué..., naíta... Total, que aquí le traigo a usté lo que más quiero en er mundo, pa que me empreste usté manque no sea más que tres púas de las de curso forzoso.

Y diciendo esto, y sin darnos tiempo a ver cómo y de dónde lo sacaba, presentó a don José un cuchillo de empuñadura de hierro, de vaina de metal y de imponentes dimensiones.

-¿Tres pesetas? - murmuró, vacilante, don José.

-Y ni un céntimo menos. Y si no me las da usté, me voy ahorita mismo a la calle, y entoavía no la he pisao y ya está usté oyendo los pitos de carretilla.

Y de tal modo hubo de decir esto Joseíto, que momentos después salía de la casa con las tres columnarias en la faltriquera, y cruzábase en la puerta con una tercera visitante, señora de rostro bonachón, de pelo encanecido y decorosamente vestida.

-¡Hola, mi doña Rosario! ¿Tan temprano por aquí?

-Sí, señor, tan temprano- dijo la aludida, depositando sobre el mostrador su correspondiente envoltorio-. Aquí me tiée usté... Como mi Angeles es tan caprichosa, esta noche pasada soñó que le pedía relaciones un hombre que a ella le es muy simpático..., muy simpático... Perdone usté que no diga quién es...; pero, en fin, un joven que le es muy simpático.

-Pero no veo la relación que pueda tener...

-Sí, la tiene: es que cuando ese joven solicitaba ser correspondido, tenía ella puesto el vestido verde botella.

-¡Ah! -exclamó el prestamista-. Ya comprendo.

-Eso es -continuó la buena señora-. Y apenitas echó Dios sus luces esta mañana, se tiró de la cama mi niña. Y: “Mamaíta, mamaíta..., yo quiero el vestido verde botella.” Y aunque yo no soy supersticiosa..., como dicen que los sueños a veces son presentimientos..., pues, nada, aquí le traigo a usted el de color de café con leche, para que me haga usted el favor de cambiármelo por el otro.

Y cuando ya despachada a su gusto esta tercera visitante, disponíame yo a despedirme del amable don José, divisé un cuarto afligido, hombre de cuerpo recto y enjuto, rostro de acentuadas y correctas facciones, chupadas mejillas, ojos azules y serenos, mosca y bigote de un rubio sospechoso y de empinadas guías con que dábale al recién llegado marcial aspecto, un calabrés echado sobre la oreja y la actitud llena de dignidad y tristeza.

-¿En qué puedo servirle, caballero?- preguntóle de modo adusto el usurero, neutralizando lo atento de sus palabras con la seca expresión de su semblante.

El recién llegado, grave y silencioso, desató el bulto que llevaba y colocó sobre el mostrador un lienzo en que una mano maestra y una imaginación privilegiada había derrochado la inspiración y el talento.

Don José arrojó una mirada desdeñosa sobre aquella figura, que parecía como pintada con ráfagas de luz, y murmuró secamente:

-Es muy bonito, pero aquí ya no se admiten esas cosas.

-Es que lo que deseo es una pequeñez... El que me lo encargó está fuera..., y un apurillo de momento... Así es que lo que solicito es poco..., cualquier cosa.... lo que usted decida- exclamó con voz trémula el desconocido.

-Lo siento mucho, pero no puedo ofrecerle nada, caballero.

Y el prestamista volvió a redoblar con los dedos sobre el mostrador, mientras el desconocido se alejaba grave, silencioso y sombrío.

-¡Pero si es una obra de arte! - exclamé, indignado, encarándome con el prestamista.

Este se encogió de hombros y me repuso:

-¿Y quién lo duda ni lo niega? Sé de qué se trata; sé que es un buen artista, pero ¿qué quiere usted que haga yo con eso?

-Pero ¿no me decía usted que aquí se admite todo?

-Naturalmente que sí; ya lo ha visto usted. Pero nada de arte, amigo mío, nada de arte. ¡Eso no hay quien lo compre después ni al peso, ni con dineros encima!

Y dicho esto, y mientras yo me alejaba, lleno de pena y de rabia, el bueno de don José siguió tecleando con los dedos sobre el mostrador de su establecimiento de préstamos, el más popular del barrio de Capuchinos.

                                             Arturo Reyes


BIBLIOGRAFÍA:

España. Revista de la Asociación Patriótica Española. Buenos Aires, 7-X-1905.
- De mis parrales. Autor: Reyes, Arturo. Málaga. Tip. Zambrana Hermanos. 1911. Pags. 203 - 215.
-Cuentos andaluces. Tomo II. Autor: Arturo Reyes. Pags. 177-181. Edición Homenaje del Excmo. Ayuntamiento. Málaga 1964. Gráficas San Andrés (Málaga).

domingo, 21 de junio de 2020

CUENTO: BANDERA BLANCA. AUTOR: ARTURO REYES.

Este cuento de Arturo Reyes que hoy publicamos nos traslada a la Málaga del siglo XIX, a través de personajes típicos y genuinos, de lugares que todavía existen, de vocablos y expresiones muy de nuestra tierra, que quizás actualmente desconozcamos. Es necesario que  visibilicemos estos cuadros de costumbres, en los que la historia de nuestra ciudad está dibujada no por pinceles sino por una pluma, la de mi bisabuelo, que quiso contribuir con sus escritos a dejar constancia de la vida de nuestros antepasados.



                                                   BANDERA BLANCA
                  
                               - I -

Razón, y no poca, tenía el señor Pepe el Cerote para sentirse con la boca un tantico amarga en el momento en que lo sacamos a relucir, que sabido es que nunca supieron a nadie a azúcar de pilón, ayunos de los que nada tienen que ver con los que la Iglesia impone, y la mañana a que nos referimos en vano exploraron los ojos de nuestro ya casi caduco protagonista los rincones donde, cuando el día anterior había tenido el matrimonio algo con que hacer por la pícara existencia, solía encontrar también algo en que emplear, de modo gratísimo, sus desdentadas encías.

En vano exploró -repetimos- aquellos rincones y convencido de lo estéril de su busca tornó los dolientes ojos el tío Cerote a la señá Rosario, su apergaminada consorte, y díjole con acento tristísimo y con profunda expresión de desaliento:

-Güena mañanita, chavó, güena mañanita, señá Rosario.

-Pero qué querrás tú, don Cerote -exclamó la vieja incorporándose bruscamente con los ojos chispeantes de indignación- si querrás tú que con tres riales que me diste por Pentecosté y entre ellos una perra gorda con tosferina, te tenga yo a pasto y a toas horas bizcochos, mostachones y chocolate de la Riojana; ¡pos ni que estuvieras pagando un pupilaje en el Recreo!

El señor Pepe aguantó, canturreando con voz cascada unas guajiras, el aguacero aquel con que hubo de obsequiarle su irascible compañera y cuando ésta concluyó, díjole con voz reposada al par que se colocaba sobre el encanecido pelo una gorra que a juzgar por sus apariencias debía venir prestándole servicios desde sus remotas mocedades:

-Camará, pos lo único que me faltaba era eso, que tú me salieras por seguirillas; ¡pos güena está pa tafetanes la Malena!

-Pos eso digo yo; si te creerás tú que yo soy una camaleona; lo mismo o más me mojo yo que tú cuando llueve, y sin embargo, me echo un hilván en la boca y me pudro y me repudro, porque como sé que a tí te duele lo que a mí me duele ¡pos velay tú!

-Güeno, se acabó, ¿sabes?, se acabó y yo me voy a ver si arremato una composturilla que me llevaron hier tarde de casa de la Curruquito y a eso de la diez te dejas caer por aquellos manchones pa que lleves a la Curruquito el zapato y le cobres una peseta que fue en lo que se ajustó la compostura.

-¿De la Curruquito?, ¿una peseta de la Curruquito? ¡Como no te pongas lentes!

-¿Qué?, ¿que no me paga la peseta?, pos no le doy el zapato y va a tener que dejarse en casa, cá vez que salga, uno de los pinreles, el dizquierdo, por más seña.

-Eso es, y con el zapato jacemos nosotros una paella a la valenciana.

-En fin, de toas maneras yo me voy y ya veremos qué es lo que hoy la suerte nos depara.

Y diciendo esto salió el señor Pepe, todo lo rápidamente que se lo permitían sus dolamas, de la habitación que habitaba en uno de los más conocidos corralones del barrio de la Goleta.

                        - II -

Invadía el sol con su radiante oleada de luz la mitad de la calle de Huerto de Monjas, calle estrecha y de humildes edificios, decorados casi todos en rejas y balcones por tiestos y macetas, donde a la esplendorosa luz de la mañana fulgían como rubíes los geráneos, las dalias rojas como perfumados purpurinos panales, y como de amatista las campánulas que salpicaban los verdes faldellines de las flotantes enredaderas. Faltábale manos con que despachar a su numerosa parroquia a Currita la Cardenales, que se movía y removía ágilmente entre los cestos de legumbres con cuyo producto ganábase el sustento y recompensaba a su hombre del casi cruento sacrificio de tener que soportar a diario su falta de narices, acompañada de no bien olientes emanaciones y su fecundidad aterradora; Juan el Barbero, cruzado de brazos en el dintel de su establecimiento, en mangas de camisa, limpio, riente y gallardo, aguardaba a que reclamara sus servicios alguno de los ternes que figuraban en su lucidísima clientela; entraban y salían, en animado bulle bulle, en casa del Zocato los interesados, por devoción, en la prosperidad de Carcabuey y Cazalla de la Sierra; chirriaba la masa en la sartén del tío Paco el Tejeringuero; departían acá y acullá las vecinas y los vecinos en pintorescas agrupaciones con charla alegre y zumbona, y la numerosa prole de aquellas y de aquellos bullía doquier en alocados bandurrios y con resonante gritería.

-¿De aónde tan trempano? ¿Se ha estáo esta noche de imaginaria? -preguntó Pepe el Sincamisa con voz irónica al señor José el Calderero.

-No, hijo mío -repúsole éste sonriendo de modo casi evangélico-; de lo que vengo es de partear a tu hermana la soltera.

Y sin detenerse el anciano a oír lo que el Sincamisa pudiera contestarle, se dirigió hacia el extremo de la calle, donde ya, sentado frente a su mesilla de trabajo, luchaba denodadamente el señor José el Cerote por conquistar el tan codiciado desayuno.

-Dios te guarde, mal remendón, y cómo se arrempuja pa que no falte puchero que espumar en tus cubriles -exclamó el Calderero deteniéndose delante de aquel y mirándolo con afectuosa expresión.

No dijo mal el que dijo que donde no hay harina todo es mohína, que mirando el Cerote a su amigo por encima de las gafas repúsole con acento colérico y agresivo:

-¡Y será mucho lo que a tí te importará que a mí la necesiá me arrempuje o no me arrempuje!

-Hombre, te diré, importárseme a mí eso..., pos la verdá, mucho no se me importa, pero sí me están dando ahora mismo ganas de llorar por los parneses que se gastó el que te trajo al mundo en que te educaran en el colegio de la Cinta.

-¡La puñalá que le den al mengue! -exclamó en airada actitud el zapatero al par que miraba a su amigo con ojos fulminantes.

-Menos cacareo y menos puñalá -exclamó el recién llegado- mirándolo también con expresión de reto al par que se llevaba de modo inconsciente la mano a la faltriquera.

-No, menos no, más sí -balbuceó rabiosamente el Cerote, a la vez que empuñaba la chaira con mano temblorosa.

-¡A la guardia!, ¡a la guardia!, que se matan -gritó interponiéndose entre ambos la señá Pepa la Madrugona, y

-Ve con la Divina y con tos sus querubines que ya nos veremos; que yo te juro que nos veremos -exclamaba momentos después el tío Cerote, procurando inútilmente desasirse de los que lo sujetaban para acometer al Calderero, al que se llevaban casi en volanda algunos de los vecinos que habían acudido al desesperado gritar de Pepa la Madrugona.

                       - III -

Cuando la noticia de lo que había pasado llegó a oídos del Melindres, ilustre unigénito del Calderero, que llegó por conducto de Joseíto el Tulipa, uno de sus compadres de más alta jerarquía, quedose meditabundo el muchacho, enarcó las pobladas cejas, rascose sin necesidad la cabeza, echándose al hacerlo, sobre la frente el amplísimo pavero, y murmuró con voz de un tantico alcoholizadas inflexiones:

-Pos lo siento, chavó, porque eso puée traer su miajita de cola.

-Cá, hombre, si no ha sío ná, que el Cerote como entoavía no se ha desayunao, sigún dice la señá Rosario, estaba el hombre que jacía la barba y le sentó mal una groma que le dio tu bato y le contestó mal a tu bato y como tu bato si es miel por la güena o por la mala no tiée ná de azúcar cande, ¡pos velay tú!

-Pos eso hay que arreglarlo antes que las cosas pasen a mayores, que yo conozco mu bien al señor José, y el señor José es de los que no perdonan un pisotón manque lo aspen; ¿tú te enteras?

Y convencido el Melindres de lo cierto que era lo que decía, izó el ancla y salió a toda vela con dirección al establecimiento portátil del irascible zapatero, y

-Güenos días, agüelito -exclamaba deteniéndose delante de éste, algunos minutos después.

-Güenos días -repúsole el anciano con voz apenas perceptible, al par que se entretenía en encerar un cabo con manos temblorosas.

-Y qué, señor Pepe, qué ha sío eso que ha pasao entre dos tan güenos amigos como lo fueron siempre usté y aquel por mo del cual vino ar mundo mi presonita gitana.

-Ná, si no ha pasao ná, arsolutamente ná -exclamó el viejo con voz irónica y amenazadora expresión.

-Sí, si yo sé lo que ha pasao, pamplinas pa canarios y pa mistos de canarios y, como la cosa no merece ni una escupitina tan siquiera, por eso me he venío yo de mis palomares con la rama de oliva en el pico, porque se me ha puesto sobre el corazón que se hagan ahora mismito las paces; ¿usté se entera?

-Déjame a mí de paces y güérvete a tu palomar y llévate en el pico ese ramito de oliva, que mardita la falta que me jace.

-Yo qué he de dirme, señor José, sin que me dé usté gusto; ahora mismito, que quiera usté o que no quiera, lo cojo a usté del brazo, nos vamos a ca del Peluso, aonde estará a estas horas mi bato, nos meteremos en ca der Peluso, se tiran pelillos a la mar, mos sentamos, tocamos las palmas, mos pregunta el Cabezota qué es lo que queremos, le peímos tres púrpitos de café con su miajita de lo que arde, dos cortaos, por barba, del de Yunquera y dos libras de buñuelos que los jace la jembra der Peluso, que los jace como los propios ángeles, y en dispués, en dispués... ¡lo que Dios quiera!, con que señor José, yo creo que lo que he platicao no está der tó mal platicao.

El rostro del tío Cerote a medida que aquel hablaba había ido perdiendo, poco a poco, algo de sus agresivas rigideces y, cuando aquel hubo puesto fin a su tentadora y hasta casi bien oliente perorata, repúsole haciendo por cerrar los ojos a la atrayente perspectiva con que pretendía matar en flor el Melindres sus vengativos propósitos:

-No, muchas gracias, primero que pa jacer unas paces sa menester que haiga guerra; segundo que yo no tengo ganas ni de abrir la boca, y tercero que estoy esperando a mi uva pasa que ha dío a ver si cobra una composturilla a Elisa la Curruquito.

-Toma, pos mejor, asín seremos tres los que diremos a cá der Peluso.

-¡No te digo que no!, que muchas gracias, que no tengo ganas ni de abrir la boca.

Y al decir esto, un enorme bostezo púsole casi totalmente al descubierto las mal pobladas encías.

-Pos allí viene ya la señá Rosario -decía momentos después el Melindres, mirando hacia el extremo de la calle por donde aquella avanzaba con paso lento y abatida actitud, paso y actitud que hicieron exclamar al señor José con voz que era un último adiós a una moribunda esperanza:

-¡De verano!, ¡pero que de verano!- y

-¿No te lo decía yo?, jasta mañana si Dios quiere, y si es que le toca la lotería -exclamó la vieja arrojando sobre la mesilla el zapato de la Curruquito.

El señor José miró a su compañera con ojos tristes, pensó en lo bien que le sentaría a ambos la prometida buñolada; fueron esfumándose rápidamente en su imaginación sus belicosos propósitos, y

-Pos vamos pa allá y coste que lo jago por darte gusto, na más que por eso, porque lo que es yo no tengo ganas de pasar bocado -repúsole al Melindres, cuando éste, llegado que hubo la señá Rosario, incorporose diciendo:

-A ca der Peluso y más vivo o sos mando a dambos a la grillera.

Y una hora después, repleto el estómago de masa sabrosísima, coloreada la rugosa tez y chispeantes los ojos, decíale el del Cerote al señor José el Calderero, mientras la señá Rosario platicaba con el Melindres:

-Mira, José, que te lo encargo mu de veras, mira que vamos a perder las amistades si no lo jaces, mira que yo necesito que de cuando en cuando me faltes al rispeto, pa que en dispués vea yo venir este palomo con la rama de oliva en el pico.

Y al decir esto golpeaba cariñosamente en un hombro al Melindres el señor Joseíto el Cerote, el más belicoso de todos nuestros zapateros remendones.

        Arturo Reyes

BIBLIOGRAFÍA:

-España. Revista de la Asociación Patriótica Española. Buenos Aires, 2-XII-1904.
-Cuentos andaluces. Tomo I. Autor: Arturo Reyes. Pags. 7-12. Edición Homenaje del Excmo. Ayuntamiento. Málaga 1964. Gráficas San Andrés (Málaga).