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Archivo Arturo y Adolfo Reyes Escritores de Málaga por Mª José Reyes Sánchez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

domingo, 17 de marzo de 2019

CUENTO "ALMAS HONRADAS". AUTOR: ARTURO REYES.

Hoy queremos que conozcáis este cuento de mi bisabuelo Arturo, que espero que sea de vuestro agrado. En sus escritos el autor nos acerca a las vidas de nuestros antepasados, al conocimiento de nuestras antiguas tradiciones. Estos cuentos forman parte de nuestra esencia porque para comprender nuestro presente, tenemos que acercarnos y conocer nuestro pasado. 



                               ALMAS HONRADAS

Dolores se sentó, meditabunda, en el murete adosado a la fachada del edificio y posó, distraída, la mirada en el bellísimo paisaje.

Un espléndido sol otoñal ponía sus áureas pinceladas en la riente perspectiva, en las doradas cúspides de los montes, en las floridas laderas, en las que acá y acullá blanqueaban los nevados caseríos; en los grandes macizos de verdores que festoneaban las márgenes del río, salpicados de rojas adelfas y de blanquísimos rosales.

Dolores, que podría contar veinte abriles, era de cuerpo cenceño y gentil, de semblante agraciado y de tez en que la vida desbordaba en cálidas entonaciones; de ojos de mirar risueño, de boca fresca y fragante y de pelo abundantísimo, cuidadosamente recogido bajo un pañizuelo color de grana, como de color de grana era el zagalejo que cubría su airosa figura, adornada además con un corpiño de percal rameado, amplio delantal de mallorquín y recios zapatones de vaqueta.

Cuando más embebecida parecía estar en su meditaciones, poco gratas al parecer, destacóse en el umbral de la casa la figura desmedrada y sarmentosa de su padrino, el señor Frasco, el Zorzales, un viejo de grandes ojos azules, de tez rugosísima y de blanquísimos cabellos.

Qué, ¿se va osté ya, padrino? – le preguntó, incorporándose rápida y acercándose al anciano la muchacha.

-Sí, mi prenda – repúsole aquél con acento cariñoso -. Voy a dalle un vistazo al jabal y un meneón a los yeros.

-Menester es que se vaya su mercé dejando de tantísimo matarse, que no está ya su mercé pa meterse en tantísimas jonduras, que ya es mucho lo que ha meneao su mercé las aspas de su molino.

-Si que ties razón, pero  es que el día en que yo no me puea menear, ese día me muero de reconcomia – díjole con expresión distraída el viejo, el cual, tras poner una mirada inquieta en uno de los edificios más cercanos, que blanqueaba en una loma próxima, continuó dirigiéndose a las muchacha:

-Miá, que cuando venga el Breñas me lo mandas en seguiíta aonde yo esté, que estaré en el “Tajo del Tardío”.

Y dicho esto penetró el viejo en la casa, de la que volvió a salir a poco al hombro la azada, y momentos después se perdía de vista por entre los verdinegros olivares que parecen jadear eternamente trepando, torcidos y retorcidos, por la empinada vertiente de la pintoresca montaña.

Arrojó el Zorzales la azada en la tierra removida recientemente y sentóse cejijunto y sombrío sobre una de las desigualdades del terreno, reflejando en su rostro la terrible lucha que libraban en su corazón, de una parte, su conciencia y, de otra, las razones con que pretendía acallar su voz inflexible y acusadora y -¡Güeno! – musitó con voz sorda y colérica -; güeno que tú me gritaras si yo juera el mesmo que juí; si ahora, como entonces, estuviera sortando por ca poro de mi cuerpo un borbotón de resina y de ca martillazo el corazón me aupara toíta la tabla del pecho, que otra hubiera sío la verea que yo hubiera pisao de ser yo lo que juí; pero es que, con razón, ya no quiée pelear conmigo el Pintao porque es que yo ya estoy jechito una lástima; pero es que yo no podía consentir tampoco en llevarme al otro mundo la ofensa que a mí me jizo, porque es que la cosa es de las que chorrean sangre, y si él se aterminó a jacer aquella charraná con la hija de mi hermana, jue porque sabía que no había un hombre que le cobrara en plumas de las alas e su corazón su mala chanaíta, y a la probetica Remedios su deshonra fue la que se la llevó a la seportura, y aluego que la muerte por mo de la cual anda juío la jizo de muy malilla manera, porque el probe de Tobalo estaba ya en el suelo cuando le tiró con la cachicuerna, y Tobalo era un mozo que yo estimaba de verdá, y aluego que eso de venirse a esconder cuasi a dos pasos e mis cubriles, es venir a mojarme las orejas con saliva, y sobre to, que yo tenía el deber de elatarlo, y como tenía el deber, pos por eso lo he delatao.”

No obstante estos razonamientos, no conseguía el viejo hacer callar aquella voz que tan tercamente hacíale oír sus acusadoras inflexiones desde que horas antes diera orden al Breñas de llevar la carta delatora al jefe del puesto cercano.

El sol empezaba a ocultarse tras los picachos de la montaña, y sus últimos rayos incendiaban el celaje, dándole tonos de púrpura y de oro. Ya seguramente el Breñas habría entregado la carta al sargento Torrente, y pronto se dirigiría éste hacia casa del Naranjero, donde podría sorprender al matador de Tobalo, y su delator podría verle pasar atado codo con codo por delante de su casa.

Algunas gotas de frío sudor surcaron la frente del Zorzales, y tirando, al pensar esto, violentamente el cigarro que fumaba, echóse al hombro la chaqueta y la azada y se encaminó hacia su hogar, abrumado, más que por el peso de los años, por uno misterioso que angustiábale el corazón y llénabale de sombras el pensamiento.

-Qué, ¿viée osté mu cansao? – le preguntó Dolores saliendo a su encuentro en la cuesta y aliviándole del peso de la azada.

-Sí, que con razón ice la copla que pa las cuestas arriba quieo mi mulo – repúsole el Zorzales, pretendiendo enmascarar con una sonrisa su profundo desasosiego.

-Cuando yo le digo a su mercé que no está ya su mercé pa meterse en esas trabajeras…

-El viejo penetró en la casa y se sentó sombrío y silencioso junto a la amplia chimenea.

-Pos yo, tan y mientras acaba de cocer la puchera, voy a tender la ropa que acabo de traer del río – dijo Dolores, dirigiéndose hacia la puerta del hogar.

El viejo, que no podía permanecer sentado, empezó a pasear inquieto y febril por el interior de la cocina, alumbrada por los últimos resplandores del crepúsculo vespertino, y sin atreverse a asomarse al umbral de la casa por temor, sin duda, a ver pasar por delante de él y escoltado por la Guardia Civil, al matador de Tobalo y burlador de su sobrina.

Además de su conciencia, abrumaba su espíritu el pensar lo que dirían de él sus antiguos camaradas cuando se enterasen de que no había encontrado medio mejor y más generoso de realizar su venganza que delatar al fugitivo al jefe del puesto, y antojábasele ver las miradas de reproche y desdén con que todos le acogerían.

Concluído que hubo Dolores de tender la ropa, penetró ligera como una ardilla y con la copla en los labios en la casa, y minutos después colocaba limpio mantel sobre la blanca mesa de pino, y

-Qué, padrino, ¿se han hecho ganas de comer? – le preguntó con acento alegre como el cantar de un pájaro.

-No, hija, que no tengo ni chispita de ganas de abrir la boca – repúsole sombríamente el Zorzales.

Dolores posó en él sus grandes ojos, en que desbordaban la ternura y la malicia, y acercándose a él de repente y sentándosele sobre las rodillas, rodeóle el cuello con un brazo, y

-¿Qué le pasa hoy a mi viejo parral sin pámpanas ni racimos? ¿Qué le pasa a la presona más quería que Dios puso en sus pejuares? – le preguntó con voz zalamera.

El viejo, a la caricia del único ser que hacíale grato el triste invierno de su vivir solitario, sintió que el secreto de su traición forcejeaba por brotar en su labios, y no sintiéndose con fuerzas para oponerse a aquella expansión de su angustiado espíritu: 

-Pos sí -dijo con voz turbada-; me pasa algo que no sé cómo decírtelo, y es que me parece que al cabo de cuasi ochenta años de estar mirando a toíto er mundo cara a cara, voy a arrematar por no poer mirar ni a mi sombra frente a frente.

¿Usté? –exclamó llena de asombro Dolores. ¿Usté no poer mirar a la gente cara a cara?

-Yo, sí, yo –murmuró sombríamente el viejo; y después, tras breves instantes de silencio, exclamó con acento reconcentrado-: Camará, y en qué horita más negra que escribí yo anoche esa carta maldecía.

-¿Qué carta? ¿La del señó Bartolo?

-No, hija mía; la del señó Bartolo no; la que tú le diste esta mañana al Breñas pa que se la llevara en seguiíta al comandante del puesto de “Vizcaíno”

Dolores miró con expresión triunfal al viejo, cogió su rostro rugoso entre sus manos, endurecidas en los diarios quehaceres, quedósele mirando de hito en hito, y tras un brevísimo silencio,

-Vamos a ver, ¿qué daría usté ahora por no haber mandao a su destino esa carta?- le preguntó.

-¿Qué sé yo lo que daría!

- ¿Daría usté un beso?

- Un millón de besos daría yo – le dijo el viejo mirando lleno de ansiedad a la muchacha, la cual, poniendo cerca de los labios de aquél la sonrosada mejilla y urgándose ésta con un dedo, le dijo sonriendo picarescamente:

- Pos encomience usté a besar, que yo iré llevando la cuenta.

Y ya empezaban a asomar en el pálido horizonte  algunas estrellas cuando exclamó el señor Frasco el Zorzales con acento de súplica:

- Chiquilla, por los ojitos e tu cara que ya van más de dos mil millones y ya me duele jasta el corazón, a pesar de que, como ice la copla,

Mismamente dos panales 
tiée mi niña por mejillas, 
llenos de miel de rosales.


Arturo Reyes.

BIBLIOGRAFÍA:

* El Imparcial”, sección de los lunes, Madrid, 9 – X- 1911.

* “Cuentos andaluces”. Autor: Arturo Reyes. Tomo 1. Edición Homenaje del Excmo Ayuntamiento de Málaga, 1964. Gráficas San Andrés, Málaga. Pags 87-90.

domingo, 10 de marzo de 2019

CUENTO "ALMA ANDALUZA". AUTOR: ARTURO REYES.

Tras muchos tiempo sin publicarse nada en el blog, y teniendo la necesidad de no abandonarlo por la promesa que me realicé a mi misma, en honor a mi padre ya fallecido, de que seguiría su estela y que daría voz a mis antepasados, vuelvo a retomar esta labor que me impuse, por lo que a partir de ahora espero seguir dando a conocer la obra de mi bisabuelo Arturo de forma continuada, y hoy vamos editar en el blog otro de sus cuentos cortos, "Alma andaluza", que nos recuerdan el pasado de nuestra Andalucía y que espero os guste.

Esta semana ha sido muy especial porque hemos celebrado el día internacional de la Mujer Trabajadora, y me he prometido a mí misma seguir con este trabajo, que tantas recompensas me ha aportado, porque quiero dejar constancia que todas las mujeres formamos parte de la historia, cada una a nuestra manera, y yo lo haré volviendo a publicar en este espacio humilde y familiar en que puedo expresar mis sentimientos y emociones libremente, que perdurarán, eso espero, en el tiempo, y que servirán para que pueda ser leído por todos aquellos a los que interese.

Esta publicación se la quiero dedicar a una amiga muy especial, que se llama Gema, a la que quiero como a una hermana, y a la que considero un fuerte baluarte de mi vida. Ella es santanderina pero su corazón y su alma forman parte de nuestra tierra. Hoy es su cumpleaños, y quiero que este sea mi regalo para ella. 
¡¡¡¡¡MUCHAS FELICIDADES!!!!!


Nota: Imagen de Trini La Goletera, que representa a la mujer malagueña del siglo XIX, reivindicando también la igualdad entre mujeres y hombres, en el día internacional de la Mujer Trabajadora.
                        
                                ALMA ANDALUZA

- Pero Juan, por la Virgen Santísima, ¿por qué has vinío? – exclamó Dolores, mirando con expresión de miedo y asombro a su hermano.

- No podía, hermana, no podía – repúsole éste con voz apagada-; me estaba picando un alacrán en el corazón. Desde que me dijeron que, valiéndose de que yo no podía pisar estas lindes, le había vuelto a poner los puntos a mi Rosalía Antoñito el Ecijano, no podía pegar los ojos ni respirar tan siquiera, y desesperaíto ya, esta mañana comprendí que si no venía se me diba a romper el pecho, y cogí la escopeta, monté en mi Tordillo, le metí espuela, y na, que aquí me tiées. Pero no te apures tú, que el potro lo he dejao en la choza del Mejorana, y pa entrar aquí lo he jecho por el corral. Como que pa no verme, ni la luna me ha visto, porque la tapó una nube.

- Pero si es que no has debío venir; si es que lo que te han dicho no es verdá; si es que el Ecijano, desde que tu te juiste, no ha güerto a cruzar con Rosalía ni una mirá, ni una sola.

- De eso no me platiques – exclamó bruscamente, frunciendo el ceño el Petaquero.

- Pero si es que manque fuera asín; manque fuera verdá que el Ecijano la había mirao, ¿ a ti qué te importa que la mire jasta que se le sequen los lagrimales? ¿Qué te importa a ti que él la mire, si tu Rosalía, desde que tú tuviste que dirte al monte, no vive más que pensando en si se pondrá u no se pondrá bueno Joseíto el Retamales?

- Me han dicho que, felizmente, está mejor Joseíto.

- Sí que está mejor, y, según dice el méico, Dios mediante, se pondrá güeno del to. Pero eso, esgraciámente, tiée que traer cola: su hermano Alfonso el Posaero ha jurao que te tiée que cobrar con usura la puñalá que le pegaste a Joseíto.

- Él se la buscó, que yo no le quería malillamente; pero yo no podía pasar por otro punto; que no me poía yo quear sin cobrarme aquel guantazo.

Y al recuerdo del ultraje recibido centelleáronle a Juan los enormes ojos oscuros, y tras algunos instantes de silencio continuó:

- Mira, Olores, lo que sa menester es que yo platique con mi Rosalía, que tengo yo ya muncha jambre de mirarme, manque no sea más que un minuto, en las niñas de sus ojos.

- Pero ¿no comprendes tú que si te ve cualisquiera que no te quiera bien, a los dos minutos te están jaciendo un saludo los del correaje amarillo?

- ¿Y te crees tú que habiendo yo vinío al pueblo na más que pa ver a mi Rosalía, me voy yo a dir sin miralla ni platicalla?

- Pero ¿no comprendes tú – insistió Dolores- que este pueblo le cabe a cualisquiera en la parma de la mano y que son muchos los ojos que te espían?

Se encogió de hombros el Petaquero, y

- Mira – le respondió-: no te emperres en lo que no puée ser, y si me quiées jacer un favor, te vas ahora mesmito a ca  de mi Rosalía y le ices que dentro e un rato estoy yo allí, en la puerta de su corral, esperando a que salga la estrella que más reluce.

- No; lo mejor será que yo vaya en busca suya y que se venga conmigo – dijo, pensativa, Dolores.

Y minutos después salía de la casa Dolores, no sin poner antes una mirada recelosa en los vecinos, que, sentados en las puertas de sus respectivas viviendas, disfrutaban de la fresca brisa de la noche, saturada de los perfumes que arrancara a su paso por las altas cumbres y por las pintoresca vertientes de las floridas montañas.


                                  *       *       *

- Sa menester que te vayas a escape, Juan, pero que a escape – exclamó Antonio el Cartameño con voz jadeante, penetrando como una tromba en la habitación donde, en unión de Dolores, dialogaban, susurrantes y apasionados, Rosalía la de los Mimbrales y Juanico el Petaquero

Miró éste sorprendido al recien llegado, y sin perder la serenidad e intentando tranquilizar con una sonrisa a la hembra adorada, preguntó a aquél con acento reposado:

- Pero ¿qué es lo que pasa, Antoñico, pa que yo tenga que salir como una bala?

¿Qué quiées que pase? Que te ha visto saltar por la tapia del corral Pedrote, el mozo de la posá de Alfonsico el Retamales.

- ¿El de la posá del hermano de Joseíto? – preguntaron, asustadas y simultáneamente, ambas mujeres.

- El mesmo que viste y calza, y menester  es no jechar en orvío que ese mozo le tiée mucho que agradecer a Alfonso el Posaero.

- Pero ¿a ti quién te ha dicho que a mí me ha visto Pedrote?

- Pos me lo ha dicho Cachorrito, que se trompezó con Pedrote jace una miaja, y como el Pedrote diba como el que va por los Santos Olios, pos Cachorrito le preguntó que aónde diba resollando como un fuelle, y el otro le dijo que diba en busca de su amo, por si su amo quería tirar a una liebre a la que tiée la mar de ganitas y a la que él había visto por casolidá meterse en una camá, y como el Cachorrito es un vivo, al trompezarse conmigo, pos el hombre me contó lo que yo sus he contao, diciéndome que me lo contaba por si a mí me convenía.

Todos los allí reunidos habían ido palideciendo a medida que hablaba el Cartameño. Rosalía había fruncido la frente; Dolores miraba a su hermano con expresión asustada; el Petaquero dominó sus inquietudes, y

- Güeno – exclamó, incorporándose -; pos entonces lo mejor que hago es coger el avichucho y dirme a recoger mi Tordillo, y dentro de na que me busquen, que cualisquiera encuentra un tordo entre tantos olivares.

- No, eso no puée ser. Si Pedrote le ha avisao a Alfonso, éste fijamente se lo habrá dicho al cabo, y el cabo fijamente le habrá dao orden a las parejas de jacerte una encerrona.

- Pos probaré fortuna – dijo serenamente el Petaquero -; y con que yo puea jechalle los calzones encima a mi Tordillo

- Pero y si no puées jecharselos, ¿aónde vas a buscar abrigaero?

Se encogió ligeramente de hombros Juan, y

- Allá veremos qué es lo que pasa – murmuró, y cinco minutos después saltaba, ágil como un gamo y sigiloso como una sombra, por encima de la albarrada que defendía el corral de la pobre vivienda de su hermana Dolores la Veterana.

    
                               *    *    *


- ¿Y como ha sío eso? – preguntó Rosalía, con la cara radiante de gozo, a Antoñico el Cartameño.

- Pos, hija, que Juanico sabe más que un letrao y que el Alfonso es un hombre cabal y con un corazón más grande que dos canchales.

- Pero cuéntame cómo pasó la cosa, que estoy que me muero de alegría.

- Mía, te lo contaré toíto: Juan, al salir de la casa, se fué erecho como un tiro pa el chozón del Mejorana en busca de su jaco; pero como antes de llegar le dieron en la nariz malos olores, pos el mozo, como sin su Tordillo no podía llegar a la sierra antes de que clareara, y como pa dir a la sierra tiée que atravesar cuasi toa la campiña, y a la luz del sol en la campiña estaba vendío, pos en lugar de acubrilarse aquí o allí, aonde fijamente arguien le hubiera visto al amanecer, pos el mozo se gorvió al pueblo y se metió, saltando el muro, en la posá, en la mismita posá de Alfonsico el Retamales.

- ¿En la posá de Alfonso? – exclamó, mirando asombrada a su interlocutor, Rosalía.

- Como te lo digo: en la posá de Alfonso – repitió sonriendo el Cartameño.

- Pero ¿mi Juan está loco de remate?

- ¡Qué ha de estar loco tu Juan! Tu Juan sabe jasta latín, y la prueba la tiées en lo que pasó: en que, al verlo elante de él, el Alfonso lo primero que jizo fue tirarse a la cara la vizcaína; pero tu Juan soltó la escopeta, tiró el cuchillo y le dijo al Retamales:

Aquí estoy; me tiéen tomás toas las salías del pueblo y no pueo arrecoger mi jaco, que lo tengo en el chozón del Mejorana; y al verme sin salía, pos me dije yo: “Lo mejor que jago es dirme a ca de Alfonso, porque el Alfonso será mu capaz de matarme cara a cara, pero no es capaz de vender a un hombre perseguío que, buscando amparo, se le meta en sus cubriles.”

- ¿Y Alfonso qué dijo a eso?

- Pos Alfonso, según me han contao, se mordía los puños de rabia que le dió; pero como el hombre es un hombre, pos lo que pasó fué que tan y mientras los civiles se han pasao la noche dando tiritones en el Chaparral, nuestro Juan se la ha pasao durmiendo como un lirón en la posá del Alfonso, y esta mañana, al amanecer, tan y mientras las parejas venían al pueblo, Juan se despidió del posaero, que le ha prometido no parar jasta hacerlo más peazos que piñas tiene un pinar, y se fue al chozón y trincó su Tordillo; y na, que a estas horas dará gusto verle correr por esos montes e Dios con su escopeta en la mano.

                                                 Arturo Reyes

BIBLIOGRAFÍA:

Cuento “”Alma andaluza”. Autor: Arturo Reyes.

* Publicado en El Imparcial, sección de los lunes. Madrid, 14 – III-1910.

* Publicado en "Cuentos Andaluces" de Arturo Reyes. Pags 23 – 26. Homenaje del Ayuntamiento de Málaga. 1964. Gráficas San Andrés. Málaga. 

domingo, 18 de noviembre de 2018

CUENTO "AL COLMENAR CON CARETA". AUTOR: ARTURO REYES.

Hoy vamos a publicar otro cuento de mi bisabuelo Arturo que esperamos sea de vuestro agrado.

En este relato, el Requena, al ser echado por la mujer a la que pretende, le dice a esta que se ha declarado a ella por una apuesta que ha hecho con su marido.




                     AL COLMENAR CON CARETA

                                            I

- Que no me quiere a mí ya ese gachó, te digo; que no me quiere ya como no sea que me pongan nueva la piel y que me torneen de nuevo.

- Mira, niña, tú en lo tocante a experiencia estás más en cueros vivos que Eva en el Paraíso; tu no chanelas naíta, y en lo que toca a los hombres estás dequivocá der to. Lo que a tu Joseíto le pasa con tu personita gitana es lo que te pasa a ti, pongo por caso, con tu mantón de Manila.

- ¿Y que es lo que a mí me pasa con mi mantón de Manila?

Y al hacer esta exclamación se le llenó la cara de ojos y de boca, como suele decirse, a Mariquita Cañaverales, más conocida por la Nena del Cotufero.

- Lo que te pasa a ti con tu mantón, te digo – continuó diciendo Candelaria -. Y si no, vamos a ver, ¿tu mantón no es el mejor de toítos los mantones del barrio?

- ¡Digo! Siete veces mejor que el mejor de los mejores.

- Pos bien: cuando tú te compraste el mantón, no pasaba un día sin que tú no fueras a lucirlo por toas partes. ¡Y vaya mantón por aquí! ¡Y vaya mantón por allí! ¡Y a la luna te hubieras tú dío a lucirlo! ¿No es la pura verdad toíto lo que te estoy diciendo?

- ¡Vaya! ¡Lo que se oye en la misa!

- Güeno, después te empezaste tú a jartar del mantón y encomenzaste a ponerte el de crespón encarnao, ¿no es asín?

- ¡Vaya!

- Y ahora no te pones el de Manila porque estás ya mu jartica de ponértelo, ¿no es la fija la que yo estoy claveteando?

- ¡La fija!

- Pos bien: supónte tú que un día al entrar en tu casa, al ir a echar mano al dichoso mantón, te encontraras tú con que cualisquier otra presonita había metío mano al arca y que diba a llevarse el de Manila pa ella lucirlo y recrearse con él. ¿Qué te pasaría a ti por el cuerpo?

- ¡Mía qué graciosa; jacía puntas de festón a la que me lo quisiera quitar! Pero ¿qué tiée que ver to eso con lo que me pasa a mí con mi Joseíto?

Y los ojos magníficos de María se posaron interrogadores en los pequeños y maliciosos de Candelaria.

Esta contempló a aquélla como con lástima y le repuso, incorporándose y dirigiéndose con paso lento hacia la puerta de la sala:

- Estudia tú lo del mantón, ¿sabes? Estúdialo bien, y será mu posible que des con el migajón de lo que yo te he contao.

Cuando la del Cotufero quedó a solas, empezó a meditar en lo que acababa de decirle su amiga, y meditando seguía cuando entró en la sala su madre, la señora Rosario la Trompeta, la cual con voz que era una plena justificación de su mote, le preguntó:

- ¿Qué te ocurre a ti hoy, hija mía, que tiées hoy una carita que es retama?

María irguió la cabeza.

- Na, madre, es que estoy pensando en qué tendrá que ver mi mantón de Manila con que mi Joseíto sea más aficionao a los jarapos que a atún en escabeche, ni con que me esté perdiendo por minuto el apego que me tenía.

Cuando su hija le repitió lo que acababa de decirle Candelaria, quedóse pensativa la señora Rosario.

- Pos no te creas tú que no tiée centro lo que a ti te ha dicho Candelaria.

- Pero, ¿qué tiée que ver la una cosa con la otra?

- Es que la Candelaria chanela más que un astrónomo.

- Pero, ¿qué es lo que me ha querío decir con eso del mantón la Candelaria?

- Pos lo que te ha querío decir es…, yo veré a ver si caigo y te lo digo otro día. ¿Y tu José aónde ha dío?

- Salió jace un ratillo; vino por él el Requena, al que bien podía Dios mandarle un tumor en ca pata pa que no gorviera a venir más por él.

- ¿Y por qué eso de los tumores?

- Pus porque ése es el que me lo trae disparao y porque Joseíto está ciego con el Requena. Y mire usté que el Requena es de los de chipé, ¡y si mi Joseíto supiera!...

- ¿Por qué no sigues? – le preguntó su madre, frunciendo las cejas y entornando los párpados.

La muchacha sonrió maliciosamente y le repuso:

- Porque me ha dao una punzá en las glándulas, madrecita.

Esta no se dio por convencida.

- Bueno, pos cuando se te pase lo de la punzá, hazme el favor de seguir diciéndome lo que me dibas a contar de Periquito el Requena.

- ¡Qué quiere usté que le cuente! Que ese Periquito, que es un gachó que cree que mujer a la que él le enseña la dentaura, mujer que se cae reonda ar suelo si él no la sujeta. Pos ese gachó, apenas coge un rayito de luz, ya está el hombre asesinándome con su mo de mirar y con su mo de mover el talle y llenándome la sala de suspiros.

- ¿Y por qué no lo has puesto ya de patitas en la calle? – le preguntó severamente la señora Rosario.

- ¡Toma!, pus porque como el gachó es un vivo y sabe jasta latín, cuando se escurre lo jace de un mo que no hay medio de cogerlo; supónte tú que cuando empieza a platicarme de cosas de quereles, encomienza a decirme que él se está muriendo a chorros por una gachí que es el sol, que es la luna y que es una estrella, y cuando yo le pregunto que quién es esa iluminación, el mu charrán encomienza a decirme con los ojos y con la sonrisa y con toa la cara, que esa gachí soy yo; pero, en cambio, con la lengua me dice que es una señora que se acaba de mudar, u me dice, como la última vez, que es una que tiée en Lucena una fábrica de velones.

- ¡Valiente púa está el tal Periquito!

- ¡Que si lo está, vaya! Una vez por poquito si lo cojo, pero se me escapó más vivo que un gato. Supóngase usté que el día que yo digo estaba el mozo una miaita más pintón que de costumbre, y se había sentao a esperar a Pepe, y como jacía mucho calor, estaba yo una miajita escotá y con los brazos al aire…

- Que no debías haber estao asín, porque asín no se pone ninguna mujer de bien más que pa matar mosquitos.

Enrojeció la Nena, y al objeto de velar sus momentáneas turbaciones, continuó:

- Pos bien: estaba yo como te he dicho, y el hombre parece que tenía el mal de la temblaera y con los ojos y con el labio que se le caían, y yo que estoy rabiando por cogerlo en un renuncio, pos encomencé…, la verdá…, no estaría bien hecho…, pero la verdá es que encomencé a jacer charranerías con el cuerpo y con la cara pa arrancarlo der to, y tanto apreté que de pronto se alevantó como si le hubiera picao la tarántula, y se vino pa mí el hombre cuasi rechinando los dientes, y cuando ya diba yo a ponerme en la puerta de la calle y si era preciso jasta a llamar al sereno, él se comió la partía. “Oiga usté – me dijo, parándose en firme antes de que yo pudiera jurar que me había jurgao ar pelo de la ropa -, me voy porque he comío coles y me han sentao mal las coles, y ¡mardita sean las coles!...” Y na, que con aquello de las coles se largó como si le hubiera dao un cólico miserere.

- ¡Valiente roa! –exclamó la señora Rosario, moviendo acompasadamente la cabeza-. Pos lo que tú debes jacer en cuantito se desmande es mandarlo de un guantazo a Chafarinas.

- Pero ¿y si se entera Pepe y tenemos bronca pa rato?

- ¡Qué ha de haber bronca! El Requena le teme a tu José más que a un miura; al Requena to lo que le sobra de tunantería le farta de corazón. ¡Pos si su cara es el paraguantazos del distrito!

Cuando María se quedó sola, empezó a meditar en lo que con el Requena le ocurría; tenía ya ganas ella de que aquél se escurriera de verdad para plantarlo en la del rey, y además, que si aquello pasaba podría por fin enterarse su Pepe que lo que él despreciaba a diario…

Y comenzó a comprender lo que le había dicho Candelaria de su mantón de Manila.


                                            II

Algunos días eran transcurridos desde aquel en que tuvo lugar la escena que acabamos de narrar, y María, terminados ya sus quehaceres domésticos, entreteníase en dar fin a un pañuelo de lanilla, sentada junto al balcón, cuando penetró en la sala Perico el Requena, el cual, según nos aseguran, era mozo de rostro atrayente y simpático, de voz suave, gallardas hechuras y amanerados ademanes.

- ¡Que Dios bendiga a la ortava maravilla! – exclamó al penetrar en la habitación, quitándose airosamente el pavero y colocándolo cuidadosamente sobre uno de los sillones.

María sonrió.

- ¡Hola!, que es usté, Perico –exclamó con voz de pérfidas dulzuras…

- ¿Y Pepe?...

- Salió jace un ratillo, y dijo que diba en busca de usté a ca del Requesones.

- Pos de allí vengo yo, de ca der Requesones; pero como no estaba allí Joseíto y como a mí me gusta tanto tomar el sol y oler a nardos…, pos velay usté.

- ¡Pos pa tomar er sol…, la escollera, y pa goler a nardos, el güerto de la Tiña!

- ¡Eso dicen, pero créalo usté, Mariquita, aquí es aonde me entra a mí el sol por toítos los poros de mi presona!

María volvió a sonreir picarescamente. Aquella tarde parecía dispuesto el Requena a pasar las lindes, y deseosa de verlo caer, díjole con voz acariciadora:

- Eso es que a usté le pinta es la voluntá que le tiée a esta ermitica.

A la ermitaña, a una ermitaña con unos clisos que son dos espuelas capaces de jacer que se le desboque el jaco al mismísimo Apóstol; con una carita ovalá que me río yo de toíto lo ovalao; con una mata de pelo que mata al que la ve y no la jurga; con un talle que es una espiga y con un pecho que es un navío, y con unos pinreles que son dos comas, y con un…

- Pero ¿es que to eso me lo está usté diciendo a mí, Periquito? – preguntóle a éste la Nena, la cual a medida que aquél hablaba, había ido armando en corso el perfil.

- ¿Pos a quién quiée usté que se lo diga? – exclamó el Requena con acento zumbón-. ¿Quiée usté que se lo diga al casero? Eso que he dicho yo –continuó con voz grave– se lo he dicho a usté y por usté, ¿usté se entera? Por usté, una vez; y por usté, dos veces; y por usté, cien mil millones de veces. Por usté, que es la quinta esencia de lo bonito y de lo garboso y de lo gitano; por usté, a la que yo quiero jace ya la mar de meses, más que a las niñas de mis ojos; por usté, por la que estoy pasando más ducas que armecinas de un armecino…

María, al iniciar el Requena aquella explosión de frases apasionadas, habíase incorporado bruscamente, y juzgando oportuno el momento, miró hosca y agresivamente a su enamorado y díjole, interrumpiéndole, con acento desdeñoso y glacial:

- Pos si es por mí to eso, jágame usté el favor de dirse ya mismo y contárselo toíto al guardacalle, y decirle de mi parte que lo lleve a usté a la grillera.

El Requena palideció intensamente, miró hosco y apenado a María y después, dominando su amargura, sonrió forzadamente y le repuso sin moverse del asiento:

- ¿Y pa qué voy a dir yo a contarle eso al guardacalle? A usté es a quien le puée importar que yo palme u no palme de la pena.

- A mí lo que me importa es que no güerva usté a pisar los umbrales de esta casa.

- Eso estaría muy bien, sí, señora; mu bien y mu en su lugar si eso que le he dicho yo a usté no fuera onjana y no se lo hubiera yo dicho a usté con el consentimiento de Pepe.

María quedóse mirando con expresión de asombro al Requena, que sonreía irónicamente, y el cual continuó diciéndole con voz zumbona:

- Qué, ¿le extraña a usté lo que digo? Pos no hay de qué asombrarse, señora. Supóngase usté una porfía en la que Pepe de usté dice que usté no tiée alientos si un hombre se propasa con usté ni pa tocar el pito de carretilla, y que yo, por el contrario, sostengo que usté, al que se desmande con usté lo pone de patitas en la calle, y su Pepe de usté: “Tú no conoces a las mujeres.” Yo: “¡Vaya si las conozco!”. Pepe: “Tu no chanelas na de eso.” Yo: “Yo me apuesto ahora mismito dos cañeros a que ahora mismito voy yo a tu casa y le digo dos chuflas a tu María y tu María me echa a la calle”. Pepe: “Pos yo me los apuesto a que no te echa, y que lo único que hace es contármelo to en cuantito yo llegue a la casa.” Yo: “Tú no conoces a tu María.” Pepe: “Que no la conozco? ¡Chavó, que no la conozco!”. Yo: “Pos yo apuesto los dos cañeros.” Pepe: “¡Pos van apostaos!”. Y na…, que ya lo sabe usté to…, que yo aposté que usté me echaba a la calle, y como he ganao la apuesta, pos yo me voy, señora, con su premiso, a beberme los dos cañeros.

 Y el Requena, después de mirar con burlona expresión a la del Cotufero, salió de la estancia, y ya en la calle, borrando bruscamente en sus labios la sonrisa, murmuró con voz sorda y apenada:

- “¡Por vía e Dios y la que se arma y la esazón que me dan si me llego a dir al colmenar sin careta!”.

                                                   Arturo Reyes

BIBLIOGRAFÍA:

-      Cuento: “Al colmenar sin careta”. Autor Arturo Reyes. 

* Publicado en Revista Nuevo Mundo. Madrid, 23 – VII – 1908.

* Publicado en Cuentos andaluces de Arturo Reyes. Tomo I. Edición Homenaje del Ayuntamiento de Málaga, 1964. Pags. 215 – 220. Gráficas San Andrés, Málaga.