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Archivo Arturo y Adolfo Reyes Escritores de Málaga por Mª José Reyes Sánchez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

domingo, 14 de octubre de 2018

CUENTO "AL ALIMÓN". ARTURO REYES.

Hoy vamos a publicar un cuento de mi bisabuelo, que se desarrolla en Málaga, y que nos cuenta la historia de Joseíto El Meriñaque y las tretas que este utiliza para evitar que “la niña de sus ojos”, Rosarito, sea  cortejada por otro galán El Torongiles, antes de que contraigan matrimonio.

Algunas de las palabras que utiliza no son usadas actualmente en nuestro vocabulario y hemos intentado conocer su significado para que sea más sencillo comprender esta corta pero densa historia. Al final del cuento hemos indicado la definición de algunas de ellas, otras nos ha sido imposible encontrarlas en los diccionarios, quizás porque están en desuso o porque es un vocabulario específico de nuestra tierra.



Esperamos que sea de vuestro agrado este nuevo cuento que os presentamos…


                      AL ALIMÓN

                          I

-Pos yo estoy conforme con lo que dice el Chato Puliana, que muchas veces lo que encomienza por una chufla acaba en una trigedia, que por chufla encomenzó lo mío con el Manga y lo más lejos que tenía yo de mí, al tirar de la cachicuerna, era que diba a dejar en el sitio al probe más tieso que un machete.

Y esto lo dijo Joseíto el Meriñaque con acento sombrío y no sin dejar escapar previamente un resonante suspiro.

-Güeno, pos vamos a dejarnos de cosas esaborías -exclamó el Butibamba con expresión adusta a la vez que colocaba como si quisiera clavarla en el tablero de pino de la mesa, una de las fichas del dominó.

Las palabras de Joselito hicieron inmutarse al Torongiles que contempló a hurtadillas, lleno de asombro, a su rival; el principio de embriaguez en él producido por los diez o doce cortados que acababa de trasegar desapareció como por arte de encantamiento; ¡qué sorpresa! luego el Meriñaque, aquel hombrecito pálido, rubio, de cara aniñada y de hechuras casi femeniles; aquél que él, no obstante su falta de decisión y de energías, había pensado intimidar ahuecando la voz y poniendo los ojos como si quisiera escupirlos de su cara; aquél que él había creído cualquier cosa al verlo tan modosito, tan suave, tan meticuloso, siempre tan atildado, tan fino, según confesión propia, llevaba en su conciencia los manes vengadores del Manga.

Al Torongiles se le habían volado de la imaginación todos sus propósitos belicosos; su amor a Rosarito acababa de perder grados de temperatura; la figura de Joselito había adquirido a sus ojos terribles proporciones; sentíase arrepentido de haber ido a meterse en la boca del lobo y lo único que ya deseaba era encontrar una rendija por la que huir de aquel lugar y de José, que parecía ensombrecido por el recuerdo de la trágica escena.

El Torongiles sentíase como sentado sobre alfileres; qué mala ocurrencia había sido la suya de poner su mirada y su pensamiento en Rosarito, primero, y segundo, la de ir aquella mañana a buscarle la boca al hombre por ella preferido.

-¿Qué, quiées jugar? -preguntó al Torongiles Antoñuelo el Molinete.

-No, muchas gracias, pero me tengo que dir enseguiita.

El Meriñaque le miró furtivamente con expresión irónica, y

-Hombre, ¿tan urgente es eso que tiée usté que hacer que no puée jugarse dos copas? -le preguntó a la vez que redoblaba con los dedos sobre la mesa.

-Hombre, le diré a usté, es una cosita rigular.

Y el Torongiles, al decir esto, se mordió los labios; el tono zumbón de Joselito había aumentado su intranquilidad, y cuando algunos minutos después se encontró en mitad de la calle, respiró a pleno pulmón decidido a no volver a intentar un enganche con aquel mozo, de cuya sangrienta hazaña hubiera querido conocer más pormenores, pero no le pareció discreto inquirir nada, no fuese a pensar la gente que lo hacía aconsejado por la prudencia y el temor.

Decidió, pues, callar por lo pronto, y de modo disimulado ir aflojando en el asedio de la muchacha con toda la rapidez que le permitiera su decoro, porque no era cosa razonable el ir a jugarse la piel con un mozo que ya llevaba en la conciencia tan negro bagaje y, sobre todo, no estando él, como no estaba, la chaveta perdida por la muchacha, que si él había puesto en ella sus ojos, habíalo hecho más que pensando en el negror de sus grandes pupilas de antílope febril y en su cuerpo maravillosamente cincelado, acordándose de que el Calderero tenía una cuadra de muletos que quitaba las tapaderas de los sentidos, una huerta en el camino de San José, donde los melones que se daban eran más dulces y jugosos que los de Almogía, y, además, en la calle de los Cristos un corralón con más habitaciones que celdillas tiene un panal; no siendo más que una la heredera de tan privilegiada fortuna.

No obstante sus propósitos de no hablar con nadie, ni inquirir noticias ningunas referentes a la muerte del Manga, aferrándose como un náufrago a una tabla, a la esperanza de que aquella hubiese sido un farol del Meriñaque, aquella noche, al toparse con el señor Cayetano el Ortigosa, chalán jubilado que vivía de lo que le rentaba su hija Rosalía, ocho arrobas de carnes frescas, olorosas y juveniles, que olía a tomillo hasta en las canículas, amigo de Joselito, con el cual habíalo visto varias veces jugarse al dominó la convidada; al toparse con él -repetimos- en el hondilón del Cañaverde, acercándose a la misma mesa junto a la cual aquél dormitaba con el codo sobre el tablero.

-Oiga usté, agüelito, ¿me convía usté o yo le convío? -le preguntó con acento jovial y afectuoso.

-Mía, mejor será lo úrtimo, porque yo tengo un costipao que no arremato de estornuar en to er día.

Aunque no comprendió la relación que pudiera tener la convidada con lo del estornudo, sentóse el Torongiles junto a aquél, y después que hubieron ambos apurado con todo primor las primeras dos cañas del cañavero, que por indicación de aquél les sirviera el mozo de la taberna, hizo recaer hábilmente la conversación el descorazonado pretendiente de Rosarito sobre lo que tanto le preocupaba, pero aún no había concluido de nombrar al Meriñaque cuando

-Ni me lo mientes tan siquiera a ese gachó -exclamó con voz vibrante de ira y apretando los puños Ortigosa -ni me lo mientes, que demasiao castigo tengo yo con tener que platicar con él de cuando en cuando, que cá vez que tengo que platicar con él es mismamente que si tomara el paliano.

-¿Pero eso? -le preguntó sorprendido el Torongiles.

-Cállate tú, hombre, que lo que me pasa a mí con ese gachó es pa que lo egollara; no porque yo le deba los cuatro ochavos que le debo, sino porque yo no pueo olviar que por mo de él a mi compadre Jacinto se lo comieron los gusanos.

-Algo he oído yo dicir de eso, pero...

-Ná, que si tú medio me estimas, no me platiques más de esto, porque cá vez que me acuerdo me como er mundo, ¡pobre Jacinto!, tan regüenísima persona que era, mejorando la presente.

El Torongiles no se atrevió a insistir. Pero para qué insistir, si ya sabía lo que saber deseaba, si había visto ratificado por el Ortigosa lo dicho por el Meriñaque delante de él en la taberna del Chato Puliana.


II

Cuando el día de la boda vio salir el Torongiles al Meriñaque llevando del brazo, cual glorioso trofeo, aquella gitana tan bonita, tan llena de donaires y garabateos, a la cual él había pretendido hacer caer en sus poco tupidas redes de amor, una profunda ira se apoderó de su alma. La desposada iba que tiraba de espaldas de guapa, con los dedos cubiertos de cintillos, y los antebrazos, de ajorcas, y de collares la garganta. Joselito, que no le llegaba a las axilas como no se empinara, iba con dos pregoneros de su alegría por ojos; un tropel brillante de deudos y amigos dábanle escolta. El Torongiles, no pudo seguir presenciando el desfile y se fué a la taberna en busca de consuelo, pero hasta allí le persiguió la contraria fortuna, pues el dueño del hondilón parecía pensionado por los que menos le querían para seguir mortificándole en su vanidad.

-¿Qué es eso? Yo te jacía en el casamiento de la Rosario -díjole con acento zumbón el de la taberna.

Le miró aquél como si quisiera barrenar sus ojos con los suyos, y encogiéndose de hombros,

-¿Y a mí qué se me ha perdío en esa procesión? -le repuso, al parecer, indiferente.

-La verdá es -continuó el tabernero, cruzando los brazos y reclinándose contra el mostrador- que nadie creía que el señor Perico diba a dar su brazo a torcer; pero es que los parneses son como el unto de la Malena, y como jace muy poco le llovieron unos cuantos pápiros al Meriñaque...

-Pero ¿es que le ha tocao la lotería?

-Cuasi lo mesmo, porque es que se murió un tío suyo, el señor Toño el Hortelano, uno que vivía en Benamargosa y que le dejó to cuanto tenía: una huerta y unas viñas y una casa que está lindando con la iglesia. Total, unos tres mil durejos largos e talle, y como al señor Cristóbal le gusta una torda más que el arroz con pollos, pos velay tú.

-Que un divé sus bendiga, caballeros. ¿Queréis argo pa el sitio aonde van a parar toítos los niños llorones? -preguntó en aquel momento desde el umbral el señor Cayetano elOrtigosa.

-Venga usté acá, señó Cayetano, que voy a darle la puntilla con unas del de Jubrique que acabo de recibir y que güele más mejor que el tomillo y que el romero.

No se hizo aquél repetir la tentadora invitación, y momentos después decíale al Torongiles con acento zumbón en que brincaba la zumba:

-Alegra ya esa cara, guasón, que hay más mujeres que coquinas. ¿Pos no vas a poner el perfil de medio luto porque se haiga dejao embragar por otro gachó la jembra que tú currelas?

-Aquello fué una golondrina que se me paró en el alero y que se me fue en seguiíta -exclamó con acento despectivo y encogiéndose de hombros el Torongiles, y después continuó-: Pos si a mí me hubiera seguío gustando esa gachí, diba yo a dejar asín como asín que fuese otro milano el que se llevara esa paloma.

-Toma, eso por sabío -musitó el Chato Puliana.

-¡Digo! -exclamó el Ortigosa, mirando siempre con expresión zumbona al Torongiles-. Pos güeno hubiera sío que un gachó de tus riñones se hubiera dejao llevar el pulso de mala jechura por un gachó como Joselito, que cuando se mata elante de él un pavipollo se tapa los oídos por no oír el cacareo.

El Torongiles miró sorprendido al viejo y

-¡Camará, vaya un arma mía, que no puée oír cacarear un pavipollo y púo visarle el rol pa el otro mundo al...

-¡Bah! -dijo, encogiéndose de hombros y sonriendo siempre zumbonamente el gitano-. Es que lo más distante que tenía el Meriñaque era que el susto le diba a costar la piel ar probe de Jacinto. Verdá es que naide podía suponer que el gachó tenía en el corazón una cosa que le podía causar la muerte con menos de na, con que se intentara quitarle el hipo, na más que con un repullo.

-Pero entonces -dijo, palideciendo, el Torongiles-, ¿no fue el Meriñaque...?

-Verás tú -dijo el Ortigosa, interrumpiéndole y con voz que estaba pidiendo el más contundente de todos los correctivos-, la cosa fue que el probe del señor Jacinto tenía menos espíritu que un lúgano, y una noche que estábamos de gromas le dijimos a José que jiciera como que se abroncaba de veras, pa ver si él ponía pies en polvorosa, y José, que pa cómico vale más de un millón, pos encomenzó a ponerse pesao con él y a dicirle cosas de las que ningún hombre puée oir sin aguantar el resuello, y tantas cosas le dijo que el Jacinto arremató por achararse y por dicirle una fresca al José, y entonces el José tiró de la cachicuerna que le había alargao por debajo de la mesa Pepe el Chamusca, el nieto de la Tartaja, y se fué pa el otro resoplando como un miura, y mos levantamos tos como pa sujetarlo y..., na, que resurtó una groma la mar de esaboría, tan saboría que a las dos horas y pico estaba ya con Dios el probe de Jacinto, una presona que, mejorando las presentes, era una prenda de gala.

Y al concluir de decir esto se levantó bruscamente el Ortigosa para evitar que la risa desbordara en sus labios al ver la cara que había puesto el Torongiles al comprender la partidita serrana que habíanle jugado toreando al alimón Joseíto el Meriñaque y el más viejo chalán y tunante de los barrios de mi tierra.

                                                  Arturo Reyes.


VOCABULARIO:

- Achararse: Quedarse quieto, detenido.

- Ajorca: Argolla de meta que llevaban las mujeres en las muñecas, brazos o garganta de los pies.

- Cachicuerna: Navaja con mango de cuerno.

- Cintillos: Anillo de piedras preciosas.

- Chalán: Negociante sin escrúpulos.

- Deudos: Persona que pertenece a la misma familia que otra, ya sea por consanguinidad o afinidad.

- Divé: Dios o que proviene del cielo.

- Gachó: Hombre o muchacho. Viene del caló (lenguaje de los gitanos españoles).

- Hondilón: Cierta clase de tabernas de Málaga.

- Manes: Dioses infernales o almas de los difuntos.

- Muleto: Mulo pequeño, de poca edad.

- Ochavo: Moneda.

- Paliano: Purga milagrosa.

- Pápiros: (Argot) Billete de banco, en especial el de mucho valor.

- Parneses: Dinero.

- Platicar: Hablar o conversar.

- Pavipollo: Cría del pavo.

Continuará...

BIBLIOGRAFÍA:

- "Al alimón". Autor: Arturo Reyes. "Cuentos andaluces. Tomo II. Edición Homenaje del Excmo Ayuntamiento. Málaga 1964. Gráficas San Andrés, Málaga. Paga 209 - 213.


domingo, 20 de mayo de 2018

CUENTO "A LA SOMBRA DE UN CHAPARRO". AUTOR: ARTURO REYES.

Tras haber finalizado la biografía de mi bisabuelo, hemos creído interesante a partir de ahora dar a conocer su obra. Son muchos sus cuentos, sus poesías, sus novelas, las cuales pertenecen a lo más íntimo de la historia andaluza y malagueña, en la que se preservan a través de la palabra, nuestras paisajes, nuestras costumbres, nuestros oficios, nuestra lengua, nuestros personajes típicos. Es nuestro objetivo publicar en primer lugar sus cuentos para acercar el autor al gran público.

Según la Real Academia Española, el término chaparro significa "mata de encina o roble, con muchas ramas y poca altura".

El relato se desarrolla en un lugar fictio, al que Arturo denomina Triquitraque, y que quizás podríamos ubicar en algún pueblo de la zona actualmente conocida como el Parque Natural de los Alcornocales, que se extiende entre las provincias de Málaga y Cádiz a lo largo de 170.025 hectáreas de terreno, y que abarca desde los límites del Parque Natural de Grazalema hasta Tarifa.


Se trata de un conjunto de sierras de pequeña altura en las que se encuentra la masa forestal de alcornoque más extensa del mundo, y constituye una de las áreas protegidas más importantes de Andalucía, siendo el tercer parque en extensión de esta tierra, llegando hasta el estrecho de Gibraltar.

Ocupa los municipios gaditanos de Algeciras, Benaocaz, El Bosque, Ubrique, Algar, San José del Valle, Tarifa, Medina Sidonia, Jimena de la Frontera, Benalup - Casas Viejas; Jerez de la Frontera, Los Barrios, Prado del Rey, Castellar de la Frontera, Arcos de la Frontera, Alcalá de los Gazules. 

Corresponden a la provincia de Málaga, sólo 12.289 hectáreas, concretamente al pueblo de Cortes de la Frontera, y es la zona malagueña, una de las mejor conservadas de este patrimonio natural.

Los Alcornocales alberga yacimientos prehistóricos, pinturas rupestres en sus cuevas, restos romanos y medievales, duras historias de la Guerra Civil y todo el legado nazarí y andalusí de una zona que reúne territorios fronterizos con el antiguo reino de Granada.


                  A LA SOMBRA DE UN CHAPARRO

"El sol caía a plomo sobre la desierta carretera; lucía el cielo su más deslumbrante azul; la montaña, los tonos más brillantes y más rojizos de sus laderas, el verde más lozano de sus viñedos y el oscuro más intenso de sus retorcidos olivares; ora medio escondidos entre los repliegues del monte, ora sobre sus bien soleadas cumbres, destacábanse acá y acullá los blancos caseríos sombreados por copudos algarrobos...

El pobre jamelgo enganchado a la polvorienta diabla manotea con todos los músculos en desesperada tensión y el pescuezo estirado por dominar uno de los repechos, mientras que con el látigo en una mano y con la otra aferrada a uno de los rayos de las ruedas pugna el Bellotero por ayudar al pobre animal en su desesperado esfuerzo.

-¡Riá, riaaá, Poderosa; riaá, riaá, niña de mis ojos; riaá, riaaá, prenda mía! -grita el Bellotero, sin que su voz logre prestar al pobre penco los vigores que necesita.

-Esto no puée ser, hombre -exclama, saltando del vehículo un mozo bien plantado, de rostro curtido, ojos relampagueantes y luciendo rico traje de los más típicos de Andalucía.

-¡Y qué le jago yo! ¡Riaá, ríaaá, Poderosa!

-Deja a la Poderosa que tome resuello u dale una miajita de somatose, ¡camará!, que es lo que le está jaciendo muchísima falta. ¿No ves que la pobre, si la sigues achuchando, va a morir sin testar, entre tus brazos?

-Pero si es que yo no sé lo que hoy le pasa a este bicho. ¡Si este animal tira más que la “yunta de las ánimas”!

-Pos déjala que escanse una miaja, y tan y mientras jecharemos un cigarro.

-Pos lo jecharemos.

Y mientras el Bellotero colocaba a la sombra que proyectaba sobre el camino una cortadura del monte al animal, el desconocido sentábase al pie de uno de los árboles que brindan, acá y acullá, en el empinado camino, un sombroso refugio al caminante.

Y sentado, momentos después, a su lado, el Bellotero, preguntábale mientras vaciábase en la palma de la mano tabaco en cantidad suficiente no ya para hacer un cigarro de grueso calibre, sino para rendir al fumador más empedernido:

-¿Y se puée saber, amigo, y usté isimule la curiosiá, a qué va su mercé a jacer en Triquitraque?

-Pos en busca de corcho que voy -repúsole en tono de zumba el desconocido.

-¡Ah! Entonces, ¿es que su mercé trafica en corcho?

-Sí, señó, que aquí aonde usté me ve, tengo en Sivilla una fábrica de tapones.

El Bellotero miró al desconocido con expresión incrédula; aquello de la fábrica de tapones habíale sonado a quea, y rascándose sin necesidad la cabeza, exclamó con acento lleno de ironía:

-Pos míe usté: pa mí que lo que es corcho no farta en estos manchones, y menos en Triquitraque.

-Y a propósito de Triquitraque, ¿cómo andan los Ventolinas?

-Er señó Paco, superior... Como que jace ya la mar de tiempo que no dice esta boca es mía.

-Pero qué, ¿murió el pobre señor Paco?

-¡Pos sa menester venir de la luna pa preguntarlo! ¡Pos no jace ya fecha que agüecó el ala y se fue a la otra vera der río!

-¿Y la señá Frasquita?

-Esa entoavía parpaguea, pero jechita la mar de dobleces. ¡Como que está que cabe en un canutero!

-Y Rosario, ¿qué ha sío de ella?

-¿De quién? ¿De Rosario? Esa sí que está que jierve de güena moza, ¡camará! Como que no se le puée mirar un rato seguío, porque se le jace a uno la lengua estopa y la saliva goma laca. ¡Es mucha jembra la Rosario!

-¿Y se mantiene sortera?

Y esto lo preguntó el forastero como se pregunta algo que se teme saber.

-No, señó; que está casá desde jace mu poquito: tres u cuatro meses hará que se subió a la bolina. ¡Como que ya tenían brotes las cepas!

-¡Ah, conque se ha casao! -exclamó el desconocido con voz sorda, arrugando entre sus dedos el cordobés que mantenía sobre sus rodillas, mientras una ráfaga tempestuosa resbalaba por sus negrísimos ojos.

- ¡Vaya! -continuó el Bellotero sin reparar mientras en lo que a su compañero le ocurría-. Y con un mozo que, mejorando lo presente, nunca le podrá pagar a Dios lo que Dios le dio a manos llenas: güenas rentas, güen corazón, güen tronco y mejores ramas. Pero si usté le conocerá; si con quien se ha casao ha sío con Currito, el hijo de los Tramoya, los de Echevarría.

-No, no le conozco. Pero la Rosarito, ¿no tenía un novio?

-Si que lo tenía, y por mo de ese novio ha pasao la probe más fatigas que un asmático. Porque como cuando su novio, un zagalete más vivo que un rayo, sigún dicen, tomó el portante y se largó en busca de fortuna a Chile u al Perú, ella le prometió esperarlo diez años largos e talle..., pos velay usté..., Cuando se le arrimó Currito, pos le dijo a Currito que perdonara por Dios. Pero como Currito tiée para comer y pa que le cante un ciego, y del novio que se le había dío no tenían noticias ningunas, y ya se les había muerto el señor Paco, y se habían quedao diciendo aquello de «hoy ayuno y mañana no me esayuno»..., pos velay usté. La señá Frasquita empezó a apretar más que un tornillo pa que la Rosario apechugara con Currito, y Rosarillo le contestó que de casarse con arguien se casaría con él, pero que no lo jacía hasta que pasasen los diez años que había prometío esperar al otro. Y Curro se conformó, y na, que pasaron los diez años, y como el que se había dío ar Perú no ha dicho pío tan siquiera..., pos velay usté..., la Rosario ya hoy es toica entera del hijo de los Tramoyas, Currito el Abulaguero.

Al desconocido, a medida que el Bellotero hablaba, habíasele ido poniendo lívido el semblante, y cuando aquél hubo dado fin a su pintoresca plática, exclamó con acento en que había puesto sus más roncas inflexiones la pena:

-¡Jizo bien! Pero y si el zagalete, su novio primero, no la hubiera olvidao y hubiera agenciao pa compartirlos con ella cuatro maraveíses y ahora vorviera del Perú, ¿qué es lo que harías tu en lugar del zagalete?

-Pos míe usté: si a mí me pasara eso, pos agüecaría el ala y me iría en busca de otra paloma, porque Rosario ha cumplío como güena aguantando diez años de carencias y pesaumbres, y si ahora la probe está tranquila, ¡no sería yo, en el pellejo del zagal, el que le quitara el vivir a gusto con su marío entre sus cuatro paeres!

-Y eso, eso mismo haría fijamente el zagal si volviera alguna vez de las Indias... Pero mira tú: ¿sabes que ya no tengo más ganas de seguir pechos arriba? Con que vámonos pa abajo, que ya vorveré otro día.

-Pero si la Poerosa, en descansando una miaja, es capaz de llevarnos al pico del Tenerife.

-¡No, eja ya hoy al animal y vámonos ya pa abajo, que ya se me ha quitao la gana de dir a Triquitraque!

Y cinco minutos después...

-¡Riá, riaaá, Poerosa!-gritaba el Bellotero, a la vez que crugía hábilmente el látigo.

El caballo desherrábase galopando por las pendientes más suaves, y el desconocido, graves y sombríos los negrísimos ojos, arrojaba sobre los rojizos montes una de esas miradas con que solemos despedirnos de una alegría que se va o de una esperanza. "

BIBLIOGRAFÍA:
Cuento: A la sombra de un chaparro. Autor: Arturo Reyes. 

Publicado en:
- España. Revista de la Asociación Patriótica de España. Buenos Aires, 2-X-1905.
- Libro: De mis parrales. Págs 125-134. Málaga, Tip. Zambrana Hermanos. 1911. 
- Libro: Cuentos andaluces. Tomo II. Pags 75-78. Edición Homenaje del Excmo. Ayuntamiento de Málaga. 1964.

domingo, 29 de abril de 2018

EL ESCRITOR MALAGUEÑO ARTURO REYES HA MUERTO (II).

Hoy llega a su fin la biografía de mi bisabuelo, la cual espero que haya sido de interés para los lectores del blog. Hoy también finaliza el libro que sobre él escribió el catedrático D. Cristóbal Cuevas, y que he ido copiando fielmente y con el permiso de la familia del autor, página a página, hasta un total de 161. 

Cuando comencé esta labor su autor estaba vivo, y hoy terminada la tarea, él ya no se encuentra entre nosotros. Tuve la suerte de conocer a su esposa Rosario y a su hija Charo, también profesora de literatura, las cuales apoyaron mi labor y me dieron el permiso necesario para reproducir estas páginas. 

Cuando D. Cristóbal falleció, año en que por cierto se celebraba el centenario del fallecimiento de Arturo, en el 2013, el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga (CEDMA), tenía pensado reeditar “Cartucherita”, novela que encumbró a mi antepasado pero al producirse la pérdida del ilustre catedrático e investigador, tomaron la decisión de reeditar una edición facsimil de esta obra que hoy finalizamos, y que unió de nuevo al biografiador con su biografíado. Esta obra que se publicó por primera vez en 1974, y que  se encontraba descatalogada, actualmente puede comprarse en la Diputación de Málaga. 

D. Cristóbal la dedicó “A mi mujer”, y hoy desde este humilde espacio familiar, queremos también dedicárselo a ella, a Rosario, la mujer, esposa y compañera que fue fiel seguidora del catedrático en su peregrinar por la vida, apoyándolo siempre, y a la que tuve la suerte de conocer. Creo de justicia ser agradecida, y que hoy al finalizar este libro, reconozcamos y agradezcamos  el apoyo que también a mi ella me ofreció…


Nota: Caricatura realizada por Idigoras al catedrático de Literatura D. Cristobal Cuevas García.

“Toda la prensa española e hispanoamericana se hizo eco de la muerte del poeta. Inútil intentar espigar un florilegio de alabanzas en bosque tan frondoso. Valga por todos el juicio, lleno de ponderada exactitud, que hizo de su persona y de su obra Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo: 

“Arturo Reyes, envejecido prematuramente, y muerto a una edad que es para otros aún de juventud, de plétora, de fuerzas, ha dejado de realizar lo más importante de la tarea que se había impuesto en sus sueños de artista. Pensó cincelar en sus diálogos las pintorescas costumbres de la pelea con el mar de los jabegotes… Sólo Arturo Reyes hubiera podido asomarse con su fina perspicacia de artista al interior de estas conciencias cuya aparente sencillez hace más difícil de apreciar el rasgo característico… También tenía proyectado describir el contrabando en las asperezas de las serranías inmediatas a Gibraltar.” 

Sin embargo, como hizo notar La Defensa, a pesar de tanta posibilidad truncada, “ya era Arturo Reyes en las letras algo indiscutible; se asentaba su nombre sobre una sólida reputación inquebrantable…; ha muerto Arturo Reyes cuando… la fortuna se le aparecía más propicia, cuando empezaba a segar el grano dorado, producido a costa de tanto esfuerzo, de tanto noble sudor.”

A las nueve de la noche del mismo día 17, su cuerpo fue llevado al cementerio de San Miguel, a hombros de sus amigos, León y Serralvo, B. Viñas, Jiménez Platero, E. Lasala, Miguel Mesa, López Pelegrín, Villar Ortega, V. Giral y Manuel Sánchez, los mismos que velaron su cadáver durante toda la noche en el depósito. Al día siguiente, miércoles 18 de junio, sus restos recibían piadosa sepultura. Eran las seis de la tarde. 

“Fue el acto –leemos en La Unión Mercantil- una imponente manifestación de duelo, acudiendo a rendir el último tributo al hijo predilecto de Málaga representaciones de todas las clases sociales, autoridades, corporaciones y prensa. Varios periodistas condujeron a hombros el féretro, en donde se encerraban los restos del inolvidable compañero, y sobre el cual habían depositado artísticas coronas.” El arcediano de la Catedral, P. Marquina, rezó un responso por su alma, procediéndose seguidamente a la inhumación en el nicho nº 1079 del primer patio del cementerio.

El Ayuntamiento otorgó una concesión de quince años de sepultura gratuita al cadáver de su empleado. Este hecho habría de prolongar, aun después de su muerte, el sino de inestabilidad y conflicto de la existencia de Reyes ya que, al llegar el año 1929, alguien se acordó de que era hora de arrojar los restos del novelista al osario común. Incluso llegaron a iniciarse los trámites de exhumación. Pero la noticia trascendió a la prensa, y un enorme clamor popular se levantó contra tan insensata y mezquina idea.

De entre la universal protesta se destacó, por su firmeza e indignación, la voz de la revista malagueña Vida Gráfica, que se convirtió en bandera contra el desdichado proyecto: 

“El nombre de Arturo Reyes –clamaba-, un poco olvidado quizás, adquiere en estos días una triste actualidad porque va envuelto en una noticia que, por decoro, Málaga no puede permitir que se confirme. Bien están las desidias, las indiferencias cuando de honores se trate, pero permitir que los restos del malagueño ilustre vayan a perderse en el osario, porque haya terminado la concesión que a su cadáver le hiciera Málaga, por acuerdo de uno de sus Cabildos, sería pecado de ingratitud del que nunca se avergonzaría bastante la ciudad que le vio nacer. Lo de menos sería evitarlo con unas monedas. Lo importante es salvar nuestra dignidad de malagueños no dando lugar a que, en el andar del tiempo, la amenaza vuelva a repetirse. Y esto sólo se evita concediendo a las gloriosas cenizas del hijo esclarecido de Málaga, un rincón donde poder reposar a perpetuidad. En esta época de locura de homenajes, no creemos que sea mucho pedir. Vida Gráficase asocia cordialmente a las gestiones que en tal sentido se están efectuando cerca de nuestro Municipio.”

El buen sentido acabó por imponerse. El Ayuntamiento, en sesión celebrada el jueves 13 de junio de 1929, aprobó por unanimidad la solicitud formalizada por los familiares de Arturo, cediendo al mismo tiempo al deseo unánime de todos los malagueños, y concedió a perpetuidad el nicho para que en él descansara su gran poeta y novelista. 
Por fin pudieron cumplirse plenamente los votos expresados por Rafael Murciano en el “Canto Elegíaco” que dedicó al fallecido escritor cuando su cuerpo estaba caliente todavía:

“Descansa en paz, en la bendita tierra 
que cantaste con mágicas estrofas, 
henchidas de bellezas y armonías 
cual los gratos rumores de las olas… 

¡Llora, Málaga hermosa, tierra mía, 
llora la muerte del glorioso vate 
que cantó tus bellezas y alegrías! 
Perdimos su valiosa compañía, 
su corazón sublime ya no late…, 
pero el genio perdura todavía.”

Continuará…

BIBLIOGRAFÍA:

- “Arturo Reyes. Su vida y su obra. Un enfoque humano del andalucismo literario”. Cuevas García, Cristóbal. Editado por la Caja de Ahorros Provincial de Málaga. Obra Cultural. C. S. I. C. 1974.

- Archivo familiar Reyes (ART). 

domingo, 22 de abril de 2018

EL ESCRITOR COSTUMBRISTA MALAGUEÑO ARTURO REYES HA MUERTO (I).

Hoy queremos daros más datos sobre las causas del fallecimiento de mi bisabuelo para lo cual el catedrático D. Cristóbal Cuevas pidió colaboración a mi padre que era médico. 

Hoy ninguno de los dos se encuentran entre nosotros, y dentro de mí existe un vacío irreparable que dejó la huella de mi progenitor, al que siempre admiré no sólo por el ejemplo que nos dio como persona sino también por su total dedicación a la medicina. Él se entregó por completo a sus pacientes, sin horarios, sin descanso, sin vacilaciones, con la única pretensión de salvarle la vida no sólo a muchos malagueños sino a personas que venían de los pueblos, de otras provincias, para que él con su buen ojo clínico y su permanente reciclaje, les diera un diagnóstico que quizás en aquellos tiempos la Seguridad Social no les ofrecía. 

Y hoy quiero dedicarle a mi padre esta publicación porque de él fue de quién más aprendí. Me hizo conocer la honestidad, el esfuerzo que tienes que realizar para conseguir las cosas, el tesón, la amistad, el amor por la familia, y tantas otras cosas que sería imposible enumerar aquí. 

Va por ti papá, porque sé que si me estás viendo, estarás orgulloso de que realice este blog al que dedico mi tiempo porque tú me lo pusiste en mi destino, y porque sé que si estuvieras entre nosotros siempre me animarías a seguir con esta “labor familiar” a la que tú también destinaste tu tiempo y tu esfuerzo. 


Nota: Foto realizada por mi vecino y buen amigo, Juan Antonio Sepulveda  Rojano -"Chiqui"-, y que amablemente me envió hace unos días. Detalle de uno de los bancos de cerámica existentes en los Jardines de Pedro Luis Alonso, junto al Ayuntamiento de Málaga, y en el que se puede leer un fragmento de una poesía de mi bisabuelo.

“Como ya hemos dicho, el diagnóstico que los médicos de su tiempo emitieron fue el de cólico hepático. No obstante, hemos juzgado interesante conocer la opinión de un especialista actual sobre la enfermedad que le llevó a la tumba, y para ello hemos recurrido al nieto del poeta, Dr. D. José C. Reyes Téllez, especialista en Medicina Interna y Director de Servicio de la Beneficencia Provincial de Málaga. Con los datos que le hemos remitido, y con los que él mismo ha podido manejar en el estupendo archivo de familia, el nieto de Arturo Reyes afirma que, aunque es muy difícil diagnosticar a la distancia de tantos años, los datos que posee le hacen inclinarse por una dolencia de todo el sistema hepatobiliar, que pudo ser en concreto, o bien una colelitiasis con brotes colecistíticos en sus últimos años, o bien una cirrosis hepática derivada del abundante consumo de alcohol que hizo en su juventud –lo que “explicaría la tristeza de sus últimos años”–, y que habría desembocado al fin en un coma hepático irreversible.

Sea como fuere, la lucha se había acabado para siempre. Arturo había muerto en Málaga, como era su deseo. En esa Málaga que tanto amó, y a la que había dedicado lo mejor de su existencia. Muchas veces había expresado el poeta la esperanza de descansar en la tierra que le vio nacer, y a la que la tan fervorosamente había cantado siempre. Su deseo de reposar bajo el suelo malagueño tenía un sentido telúrico, casi biológico, de retorno final al vientre materno:

“Me hirió el dolor con indomable encono, 
y hastiado de sufrir, sólo ambiciono 
dar ya fin para siempre a mi camino 
  
del zafir de tu cielo a los fulgores, 
bajo el chal irisado de tus flores, 
cabe las ondas de tu mar latino.”

La pobreza fue siempre su compañera, hallándole la muerte “desnudo como los hijos de la mar”. Ni siquiera tuvo la alegría de tomar posesión de su cargo de Bibliotecario del Ayuntamiento. 

Como señaló La Tribuna “Arturo no pudo redimirse del trabajo diario, tuvo que afrontar la vergüenza de que pidieran para él, y ha muerto consumido por un dolor intenso y prosaico. Muere como buen artista, dejando a los suyos en la miseria, un drama inédito –El lagar de los Rosales- y un hijo también escritor.” 

La fama de su pobreza estuvo tan extendida que algún periódico sensacionalista pudo extremar las cosas hasta límites increíbles: “Una aciaga noche -recuerda González Anaya-, en un periódico de Barcelona que cayó por acaso en mi poder – yo estaba entonces en La Plata-, mis ojos espantados leyeron que había muerto el poeta ¡y que había muerto de hambre! ¡De hambre! Con dolorosa indignación me procuré detalles del terrible suceso, y supe que la frase del periódico catalán no era sino una concreción bárbara, un tropo descarnado y brutal.“ 

Dionisio Pérez apostillaba con amargura: “Conoció la Fama, saboreó el halago de los elogios en letra de molde, mientras que sus libros no le producían dinero bastante para vivir; no rindió, sin embargo, su Arte a la necesidad y a la penuria, pero le entregó la vida. “

Continuará…

BIBLIOGRAFÍA:

- “Arturo Reyes. Su vida y su obra. Un enfoque humano del andalucismo literario”. Cuevas García, Cristóbal. Editado por la Caja de Ahorros Provincial de Málaga. Obra Cultural. C. S. I. C. 1974.
- Archivo familiar Reyes (ART). 
– “Béticas”. Poesía “A Málaga”. Pag 151. Autor: Reyes, Arturo. Madrid, R. Velasco. 1910.